Cómo viajan los uruguayos: precio y vuelos directos definen la elección
El viajero uruguayo cambia: precio, vuelos directos y más oportunidades para volar
Un relevamiento difundido por JetSMART permite mirar más allá de las tarifas y conocer cómo está viajando una parte del mercado uruguayo. Vacaciones, viajes en pareja o con amigos y una fuerte valoración de los vuelos sin escalas aparecen entre las principales características. Pero detrás de los porcentajes surge otro dato relevante: el avión comienza a llegar también a pasajeros que hasta hace poco no formaban parte habitual del mercado aéreo.
¿Cómo viajan los uruguayos cuando tienen que elegir un avión?
La pregunta parece sencilla, pero la respuesta aporta información importante para aerolíneas, aeropuertos, agencias de viajes, operadores turísticos y destinos.
Un relevamiento regional desarrollado por JetSMART, cuyos resultados para Uruguay fueron difundidos en agosto de 2026, permite acercarse al comportamiento de los pasajeros que utilizan sus servicios desde Montevideo.
Los datos dibujan un viajero fuertemente orientado al ocio, sensible al precio, pero que también asigna un valor considerable a algo especialmente importante para un país pequeño y geográficamente alejado de muchos mercados: poder llegar directamente al destino.
Viajar sigue siendo, principalmente, salir de vacaciones
El primer dato que sobresale es contundente: el 85% de los pasajeros uruguayos consultados señaló las vacaciones como principal motivo de viaje.
Muy lejos aparecen las visitas a familiares, con un 7%; los viajes laborales, con un 5%, y otros motivos, con un 2%.
Es una fotografía interesante porque confirma el peso que tiene el transporte aéreo dentro del consumo turístico. El avión no aparece únicamente asociado a viajes excepcionales o profesionales, sino integrado a la decisión de cómo utilizar el tiempo libre.
También cambia la compañía elegida para viajar.
El 21% manifiesta hacerlo en pareja y el 19% con amigos. Sumados, representan un 40% de los consultados. A su vez, el 26% viaja en familia y el 25% lo hace solo.
Estos números también deberían interesar a los destinos. No consume de la misma manera quien viaja solo que una pareja, un grupo de amigos o una familia. Cambian el alojamiento, la gastronomía, las actividades, los traslados y hasta la forma de buscar información antes de partir.
El uruguayo que vuela ya no necesariamente lo hace una vez al año
Otro indicador merece atención.
El 46% de los pasajeros encuestados afirma viajar entre dos y tres veces por año, mientras que un 26% lo hace cuatro o más veces. El 28% declara realizar un viaje anual.
Para el sector turístico, la frecuencia resulta tan importante como la cantidad de pasajeros.
Un mercado donde parte de los consumidores comienza a incorporar dos, tres o más viajes al año abre oportunidades diferentes. Aparecen escapadas más cortas, compras asociadas a promociones, viajes por eventos y decisiones tomadas con menor anticipación.
El viaje deja progresivamente de ser aquel gran acontecimiento anual para transformarse, al menos para determinados segmentos, en una práctica más frecuente.
El precio manda, pero Uruguay quiere volar directo
Era previsible encontrar al precio encabezando las decisiones de compra.
El 42% señala las tarifas convenientes como principal motivo para elegir una compañía aérea.
Sin embargo, el segundo factor resulta particularmente interesante: el 27% prioriza la existencia de vuelos directos.
Según JetSMART, se trata de una de las valoraciones más altas registradas en la región.
Después aparecen los horarios disponibles (13%), la comodidad y calidad del servicio (8%), la experiencia digital de compra (6%) y las recomendaciones de familiares o amigos (4%).
Aquí existe una señal que merece ser observada desde la política turística y la estrategia de conectividad de Uruguay.
Una tarifa atractiva puede estimular la compra, pero una conexión directa reduce tiempos, evita escalas y simplifica el viaje. Para un pasajero que dispone de pocos días de vacaciones, esas horas también tienen valor económico.
No siempre el vuelo más barato termina siendo percibido como la mejor opción si obliga a realizar conexiones, largas esperas o desplazamientos adicionales.
Por eso, precio y conectividad directa comienzan a funcionar como una misma ecuación competitiva.
Un vuelo directo no beneficia solamente a quien sale de Uruguay
La discusión tiene además una segunda cara.
Cada nueva ruta internacional que se incorpora desde Montevideo facilita la salida del residente uruguayo, pero también crea una puerta de entrada para visitantes extranjeros.
La conectividad aérea funciona en ambos sentidos.
Un nuevo destino conectado sin escalas puede generar turismo emisivo, pero también acercar Uruguay a mercados donde anteriormente llegar implicaba conexiones, mayores tiempos de viaje o tarifas menos competitivas.
De allí que la conectividad no deba analizarse solamente desde la cantidad de vuelos disponibles. Importan las ciudades conectadas, sus frecuencias, horarios, capacidad, continuidad durante el año y posibilidades de alimentar otros mercados.
Para Uruguay, mejorar la conectividad significa también mejorar su capacidad de competir como destino.
Hay pasajeros que están entrando por primera vez al mercado aéreo
Quizás uno de los datos con mayor significado social y comercial sea el de los denominados “primeros voladores”.
De acuerdo con el relevamiento, representan el 16% de los pasajeros uruguayos encuestados.
Dentro de este segmento, el 31% realizó su viaje en familia, el 25% solo, el 23% en pareja y el 22% acompañado por amigos.
Que aparezcan personas realizando sus primeras experiencias aéreas permite pensar en una ampliación de la base del mercado.
El modelo de bajo costo ha tenido precisamente uno de sus principales argumentos en ese punto: reducir la barrera económica de entrada y permitir que determinados pasajeros accedan al avión pagando una tarifa básica y agregando posteriormente aquellos servicios que consideran necesarios.
Desde JetSMART lo explican de esta manera:
“La propuesta de vuelos que trae el modelo Ultra Low Cost Carrier acerca una respuesta concreta para las personas que quieren viajar pagando solo por trasladarse de un punto A a un punto B, con un bolso de mano para luego sumar todos los opcionales que necesiten”.
La compañía agrega que más de 500.000 personas ya eligieron viajar con JetSMART en Uruguay, cifra que utiliza como indicador del crecimiento de su operación en el mercado.
Más pasajeros también significan nuevos desafíos
Democratizar el acceso al transporte aéreo no depende exclusivamente de bajar una tarifa.
Un pasajero nuevo necesita comprender qué incluye el precio anunciado, cuánto cuesta agregar equipaje, cuáles son las condiciones para modificar un pasaje, cómo realizar el check-in y qué servicios deberá pagar adicionalmente.
Cuanto más se amplía el mercado, mayor importancia adquieren la transparencia comercial, la información sencilla y la educación del consumidor.
El desafío para las compañías de bajo costo será conseguir que el pasajero no valore únicamente cuánto pagó, sino que comprenda claramente qué compró por ese precio.
Lo que estos números pueden decirle al turismo uruguayo
El relevamiento de JetSMART no representa a la totalidad de los viajeros uruguayos: corresponde a pasajeros de la propia aerolínea y, por lo tanto, sus resultados deben interpretarse dentro de ese universo.
Esa precisión metodológica es importante.
Aun así, ofrece señales interesantes.
Existe un consumidor dispuesto a viajar varias veces al año. Las vacaciones dominan ampliamente las motivaciones. El precio conserva un enorme poder sobre la compra, pero la conexión directa adquiere un peso significativo. Y, simultáneamente, aparecen nuevos pasajeros que están teniendo sus primeras experiencias en avión.
Para Uruguay, estos comportamientos deberían formar parte de una conversación más amplia sobre conectividad aérea, promoción turística y desarrollo de nuevos mercados.
Porque conseguir una nueva ruta no termina cuando aterriza el primer avión.
Hay que sostenerla, generar pasajeros en ambos sentidos, promocionar el destino, involucrar al sector privado y convertir cada nueva conexión en oportunidades comerciales y turísticas.
El dato de que un 27% valore especialmente los vuelos directos deja quizás la conclusión más importante: para un país como Uruguay, conectividad también es competitividad turística.
Sobre el estudio
Los datos surgen del Índice SMART, investigación regional desarrollada por JetSMART para analizar hábitos, percepciones y preferencias de sus pasajeros en América del Sur.
La encuesta comprendió a 22.678 pasajeros de JetSMART en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Uruguay, y fue realizada entre el 9 y el 18 de julio de 2025. Los datos difundidos para Uruguay corresponden a pasajeros que viajan desde Montevideo.
Lo que meses atrás aparecía como una posibilidad comienza a convertirse en realidad. Arajet y Aeropuertos Uruguay presentarán este martes 11 de agosto la nueva ruta directa entre Montevideo y Punta Cana, una conexión que puede abrir una nueva etapa turística y comercial entre Uruguay y República Dominicana.
Hay además un punto interesante para desarrollar: Arajet ya utiliza Punta Cana dentro de su estrategia regional y continúa ampliando su red latinoamericana; en 2026, por ejemplo, incorporó nuevas operaciones desde Punta Cana hacia ciudades argentinas como Mendoza y Rosario.
Arajet, una aerolínea joven que crece hacia el sur
Arajet es una compañía relativamente nueva en el mapa de la aviación comercial americana. Inició sus operaciones en 2022 con una estrategia clara: desarrollar desde República Dominicana un modelo de bajo costo capaz de conectar mercados que tradicionalmente dependían de escalas, tarifas elevadas o de los grandes centros de distribución aérea del continente.
En pocos años, ese mapa se amplió considerablemente. Actualmente, su red incluye destinos en Estados Unidos, Canadá, México, Centroamérica, el Caribe y Sudamérica. En nuestra región ya aparecen Buenos Aires, Córdoba, Mendoza y Rosario en Argentina, São Paulo en Brasil, Santiago de Chile y Lima, entre otras ciudades.
Hay otro dato que muestra el ritmo de esa expansión. En mayo de 2026 la compañía anunció la llegada de su avión número 15, bautizado “Isla Catalina”, mientras que su información actual de flota ya presenta una aeronave número 16.
La compañía ha apostado por una flota homogénea de Boeing 737 MAX 8, con capacidad para 185 o 189 pasajeros y autonomía declarada de hasta 7.400 kilómetros. La utilización de un único modelo también forma parte de la lógica de una low cost: simplificar operaciones, mantenimiento y capacitación mientras se busca eficiencia en el consumo de combustible.
Dos puertas de entrada en República Dominicana
Aquí aparece uno de los aspectos más interesantes para analizar desde Uruguay. Santo Domingo fue el hub de Arajet desde el comienzo de sus operaciones en 2022, pero Punta Cana se incorporó posteriormente como un nuevo centro de operaciones de la compañía.
Eso significa que Montevideo–Punta Cana no debería analizarse únicamente como el vuelo que llevará uruguayos a las playas dominicanas.
Puede funcionar en las dos direcciones.
Uruguay gana una conexión directa con uno de los principales destinos vacacionales del Caribe, mientras República Dominicana suma una nueva puerta hacia el Cono Sur. Y la red de Arajet abre además la posibilidad de pensar conexiones posteriores hacia otros puntos del continente.
242.086 oportunidades para vender mejor Uruguay
Cruceros en Uruguay: el negocio no es que lleguen, sino lo que dejan
La temporada 2025–2026 cerró con 132 cruceros, 242.086 pasajeros desembarcados y un gasto estimado de US$ 13 millones. Detrás de las grandes cifras aparece un dato que merece atención: cada visitante dejó, en promedio, unos US$ 54. El desafío es transformar unas pocas horas en tierra en más consumo, experiencias y futuros turistas.
Ver un crucero entrando a Montevideo o fondeado frente a Punta del Este siempre impresiona.
Son verdaderas ciudades flotantes. Miles de pasajeros, restaurantes, tiendas, entretenimiento y servicios viajan dentro de ellas.
Pero para Uruguay el negocio empieza en otro momento.
Cuando el pasajero baja.
Los resultados de la temporada 2025–2026 permiten analizar ese negocio con mayor precisión.
Entre noviembre y marzo arribaron 132 cruceros a Uruguay. Montevideo recibió 98 y Punta del Este 34.
Desembarcaron 242.086 cruceristas y el gasto total estimado alcanzó los US$ 13 millones.
Hasta aquí, los grandes números.
Ahora hagamos otra cuenta.
US$ 54 por visitante
Dividir los US$ 13 millones entre los 242.086 cruceristas desembarcados arroja un gasto promedio aproximado de US$ 54 por persona.
Ese número me parece incluso más interesante que la cantidad de barcos.
Porque plantea una pregunta empresarial y turística muy sencilla:
¿Podemos conseguir que un crucerista gaste más durante las pocas horas que permanece en Uruguay?
Supongamos que lográramos incrementar ese promedio solamente US$ 10.
Con exactamente los mismos 242.086 visitantes, sin conseguir un barco adicional, ingresarían alrededor de US$ 2,4 millones más a la economía vinculada al turismo.
Con US$ 20 adicionales estaríamos cerca de otros US$ 4,8 millones.
Entonces descubrimos que crecer no significa solamente traer más turistas.
También significa generar más valor con quienes ya llegaron.
Dos puertos, dos públicos
Otro dato merece atención.
Montevideo concentró el 78,5 % de los desembarcos, mientras que Punta del Este recibió el 21,5 %.
Pero cuando observamos las nacionalidades aparecen dos perfiles bastante diferentes.
En Montevideo predominó claramente el mercado argentino, con el 37,5 %. Los estadounidenses representaron el 22,9 % y los brasileños el 20 %.
En Punta del Este cambia el orden.
Los brasileños representaron el 38,6 %, los estadounidenses el 22 % y los argentinos el 18,5 %.
Esto debería tener consecuencias comerciales.
Porque no existe “el crucerista”.
Existen diferentes cruceristas.
Con intereses, poder adquisitivo, idiomas, hábitos de consumo y expectativas diferentes.
Brasil merece una atención especial
Cuando pasamos de contar personas a contar dólares aparece otro dato.
Los visitantes brasileños generaron el 28 % de todo el gasto turístico realizado por los cruceristas.
Los estadounidenses aportaron el 25,7 % y los argentinos el 25,3 %.
Solamente estos tres mercados explican casi el 80 % del gasto.
Brasil, por lo tanto, no representa únicamente un mercado numeroso.
Representa el principal mercado por participación en el gasto de los cruceristas en Uruguay durante la temporada.
Esto debería reflejarse en nuestra comunicación, productos, personal capacitado en portugués, medios de pago, gastronomía y experiencias.
No alcanza con saber quién viene.
Hay que saber qué quiere comprar cuando llega.
Competimos contra el propio crucero
Hay además una particularidad extraordinaria en este segmento turístico.
Cuando un visitante llega en avión necesita alojamiento, alimentación, transporte y entretenimiento.
El crucerista ya tiene prácticamente todo eso.
Duerme en el barco.
Puede comer en el barco.
Tiene tiendas en el barco.
Tiene espectáculos.
Tiene piscinas.
Tiene actividades.
Incluso puede decidir no desembarcar.
Por eso el destino tiene que ofrecerle algo suficientemente atractivo como para abandonar durante unas horas esa enorme infraestructura flotante.
No estamos esperando simplemente a un turista.
Estamos compitiendo por su tiempo.
¿Qué hacemos con cinco horas?
Ahí empieza una discusión que involucra mucho más que a los puertos.
¿Qué puede comprar una persona que dispone de cuatro, cinco o seis horas?
Una experiencia gastronómica.
Una visita a una bodega.
Un city tour diferente.
Una experiencia vinculada al tango o al candombe.
Compras.
Artesanías.
Un recorrido arquitectónico.
Una salida rural.
Una propuesta histórica.
Una experiencia premium.
Un almuerzo con productos uruguayos.
Incluso varias pequeñas experiencias combinadas.
Pero tienen que ser fáciles de encontrar, contratar y pagar.
El crucerista tiene algo que para cualquier estrategia comercial resulta fundamental: un tiempo limitado y una necesidad inmediata de decidir.
El teléfono debería vender Uruguay antes de desembarcar
Imaginemos otra escena.
El barco está llegando a Montevideo.
Un pasajero brasileño abre su teléfono y encuentra propuestas en portugués según el tiempo que tendrá disponible.
“Tengo cuatro horas”.
“Me interesa el vino”.
“Quiero gastronomía”.
“Busco compras”.
“Viajo con niños”.
“No quiero alejarme demasiado del barco”.
Tecnológicamente, esto ya es posible.
La inteligencia artificial permite personalizar recomendaciones y conectar intereses, ubicación, disponibilidad y tiempo.
Uruguay podría desarrollar un verdadero ecosistema digital alrededor del crucerista.
Y allí podrían participar desde grandes operadores hasta restaurantes, bodegas, comercios, guías, transportistas, artesanos y pequeños emprendimientos.
Eso es democratizar el beneficio económico del turismo.
Montevideo tiene otro desafío: sacar al visitante del puerto
Montevideo recibió aproximadamente ocho de cada diez cruceristas desembarcados durante la temporada.
Su ubicación portuaria ofrece una ventaja extraordinaria: el visitante prácticamente baja caminando a la ciudad.
Pero esa facilidad también puede convertirse en una limitación.
Si la experiencia termina exclusivamente en unas pocas cuadras alrededor de Ciudad Vieja, buena parte de Montevideo queda fuera del circuito económico del crucerista.
La Rambla, Prado, mercados, bodegas metropolitanas, barrios, gastronomía, patrimonio, cultura y diferentes experiencias podrían integrar propuestas diseñadas específicamente para pasajeros con pocas horas disponibles.
El objetivo debería ser ampliar el mapa de consumo.
Punta del Este juega otro partido
Punta del Este tiene una realidad diferente.
Recibió menos pasajeros, pero posee una concentración brasileña considerablemente mayor.
Además, el desembarco y las características territoriales generan otro tipo de experiencia.
Maldonado puede utilizar Punta del Este como puerta de entrada hacia propuestas que trasciendan la península.
Gastronomía, naturaleza, paisaje, cultura, bodegas, olivares y experiencias del departamento pueden competir por esas horas.
El crucerista no necesariamente tiene que conocer solamente aquello que observa al desembarcar.
El mejor negocio puede producirse después de que zarpe
Hay finalmente algo difícil de medir inmediatamente.
Entre esos 242.086 pasajeros hubo miles de personas que probablemente conocieron Uruguay por primera vez.
Llegaron durante unas horas.
Caminaron por Montevideo.
Conocieron Punta del Este.
Probaron nuestra gastronomía.
Conversaron con uruguayos.
Sacaron fotografías.
Después regresaron al barco y continuaron viaje.
¿Qué ocurre si una parte de ellos vuelve dentro de dos años durante una semana?
Ese pasajero deja de ser crucerista y se convierte en turista.
Entonces su gasto será alojamiento, gastronomía, transporte, compras, experiencias y servicios durante varios días.
Por eso quizás nos falta incorporar un indicador:
¿cuántos cruceristas conseguimos convertir posteriormente en visitantes de Uruguay?
Los US$ 13 millones son el comienzo
La temporada dejó 132 cruceros.
Dejó 242.086 pasajeros desembarcados.
Y dejó aproximadamente US$ 13 millones.
Son buenos números para analizar.
Pero no deberían conformarnos.
El desafío no consiste únicamente en conseguir que lleguen más barcos.
Consiste en lograr que cada persona que desembarca encuentre algo que quiera conocer, experimentar, comprar, comer, beber, llevarse o recordar.
Porque recibir 242.000 personas es una estadística.
Conseguir que 242.000 personas deseen consumir Uruguay —y algún día regresar— es una estrategia turística.
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La chispa de la creación: cuando el arte transforma lo que sentimos
¿De dónde nace una canción, una pintura, un poema? El arte aparece cuando las palabras cotidianas ya no alcanzan. Una reflexión sobre la creación, la sensibilidad y ese puente invisible que une al artista con quien contempla su obra.
Cuando la teoría se vuelve canción
Hasta aquí podemos intentar explicar el arte. Buscar palabras para hablar de inspiración, sensibilidad, belleza, dolor, memoria o trascendencia. Pero llega un momento en que explicar deja de ser suficiente.
Entonces aparece la obra.
Escucho Ene tiempos, de Ramiro Guzmán, y encuentro precisamente eso: palabras que no pretenden ordenar la realidad, sino atravesarla. Imágenes que, tomadas aisladamente, parecen extrañas y que, al encontrarse con la música, adquieren otra dimensión.
“Y lloré y bailé y canté en la nada…” canta en uno de sus versos.
No hace falta traducirlo.
Porque quizá allí esté la respuesta a la pregunta inicial: ¿de dónde nace la chispa de la creación?
Nace cuando alguien siente que las palabras habituales ya no alcanzan. Cuando “estoy triste”, “te extraño”, “tengo miedo”, “recuerdo” o “te quiero” resultan demasiado pequeñas para contener aquello que sucede dentro.
Entonces el artista rompe el lenguaje y construye otro.
En Ene tiempos aparecen el paso de los meses, el desencuentro, el hospital, los amigos muertos, los sueños, un bar, la luna, el fuego y la nada. No necesariamente como una historia que deba recorrerse de principio a fin, sino como fragmentos de una memoria emocional.
Y ahí sucede algo fascinante: lo profundamente personal comienza a dejar de pertenecer solamente a quien lo escribió.
Quien escucha incorpora sus propios hospitales, sus propios amigos ausentes, sus propios desencuentros, sus bares, sus meses interminables y aquellas caras que alguna vez creyó ver sobre una almohada.
Eso es el puente invisible del arte.
El creador parte de sí mismo, pero si consigue tocar algo verdaderamente humano, termina hablando también de nosotros.
Quizá por eso una canción puede acompañarnos durante años sin que conozcamos personalmente a quien la compuso. Un cuadro puede emocionarnos sin saber qué estaba viviendo el pintor. Una novela escrita hace dos siglos puede describir con inquietante precisión algo que nos ocurrió ayer.
El arte vence al tiempo porque trabaja con una materia que cambia mucho menos que la tecnología, las modas o las sociedades: la condición humana.
Por eso el arte no es un adorno superfluo y el artista tampoco es simplemente un producto de la civilización. En sus creaciones una sociedad se mira, se cuestiona, recuerda y, algunas veces, se reconoce.
En un mundo obsesionado con producir, medir, clasificar y consumir, crear continúa siendo una pequeña insurrección.
Es afirmar que todavía existe algo que no cabe en una estadística.
Algo que no siempre tiene utilidad.
Algo que quizá ni siquiera podamos explicar.
Pero que, cuando lo escuchamos, lo leemos o lo contemplamos, inexplicablemente reconocemos.
Y tal vez allí, exactamente allí, viva la chispa de la creación.
Ballenas en Uruguay: de patrimonio natural a experiencia turística
Uruguay tiene fauna. El desafío es convertirla en motivo de viaje
Ballenas, aves, lobos marinos, delfines, tortugas y paisajes costeros forman parte de un patrimonio extraordinario. La nueva Ruta de la Fauna Marina abre una oportunidad mayor: conseguir que observar naturaleza también genere estadías, servicios, conocimiento y desarrollo local.
Una ballena puede pasar frente a nuestras costas y regalarnos una imagen inolvidable. Pero desde la mirada turística hay una pregunta bastante más incómoda: ¿qué hacemos para que esa ballena sea también una razón para viajar a Uruguay, quedarse dos o tres noches y descubrir el territorio?
Ese es el verdadero desafío.
Porque tener naturaleza no alcanza.
Brasil tiene naturaleza. Argentina tiene naturaleza. Chile tiene naturaleza. Costa Rica construyó buena parte de su posicionamiento internacional alrededor de ella.
La diferencia aparece cuando un país consigue transformar su biodiversidad en una experiencia reconocible, organizada y deseada, sin destruir aquello que precisamente atrae al visitante.
Uruguay tiene condiciones para hacerlo.
La fauna puede cambiar el calendario turístico
Durante décadas aprendimos a vender nuestra costa asociándola fundamentalmente al verano.
Playa, enero, febrero.
Pero una ballena no entiende de temporadas turísticas.
La Ballena Franca Austral llega precisamente cuando buena parte de la infraestructura de nuestros balnearios dispone de capacidad ociosa. Entre julio y octubre, estos animales recorren las aguas uruguayas para aparearse, parir y criar a sus ballenatos.
Allí aparece una oportunidad formidable.
Una pareja que viaja en agosto para intentar observar ballenas necesita alojamiento. Come en un restaurante. Compra combustible. Puede visitar una bodega, contratar un guía, recorrer un área protegida, descubrir un pequeño productor, conocer un faro o continuar hacia otro punto de la costa.
Entonces la ballena deja de ser solamente una postal.
Se convierte en un disparador económico.
No vendemos la ballena: vendemos todo lo que sucede alrededor
Este punto es fundamental.
La ballena no nos pertenece.
No podemos garantizar que aparezca a las 15:30 frente a determinado mirador ni convertir un animal salvaje en una atracción programada.
Lo que sí podemos diseñar es la experiencia alrededor de esa incertidumbre.
Un buen mirador.
Información en tiempo real.
Guías especializados.
Una aplicación que indique los últimos avistamientos.
Fotografía de naturaleza.
Alojamiento con propuestas vinculadas a la observación.
Gastronomía local.
Actividades para niños.
Circuitos de aves.
Visitas a áreas protegidas.
Experiencias educativas.
Transporte entre puntos de observación.
Y una buena historia para contar.
Eso es producto turístico.
De Solís a La Coronilla aparece un corredor
La nueva Ruta de la Fauna Marina, impulsada por el Ministerio de Turismo junto con las intendencias de Maldonado y Rocha, municipios, academia, guías y organizaciones vinculadas a la conservación, puede ser mucho más que una nueva señalización.
Se instalaron diez puntos interpretativos desde Solís hasta La Coronilla.
En ellos el visitante puede conocer las especies presentes, sus posibilidades de avistamiento, las mejores épocas para observarlas y su estado de conservación. Está prevista además la incorporación de códigos QR con información ampliada y nuevos bancos adaptados al ambiente marino.
Es un comienzo.
Pero la palabra ruta obliga a pensar más lejos.
Una ruta funciona cuando existe una razón para recorrerla completa.
¿Y si alguien viniera a Uruguay especialmente por nuestra fauna?
Esa debería ser la ambición.
No esperar solamente que quien ya está en Punta del Este, Piriápolis, La Paloma o Punta del Diablo tenga la suerte de encontrarse con una ballena.
Hay que invertir la lógica.
Que alguien elija Maldonado o Rocha porque quiere verla.
Y si ese día la ballena decide no aparecer, el destino tiene que ser suficientemente bueno para que el visitante igualmente sienta que el viaje valió la pena.
Ahí entran las aves, los lobos marinos, los delfines, las tortugas, los humedales, las dunas, los faros, los senderos, la gastronomía y las historias de las comunidades costeras.
La biodiversidad permite construir un producto mucho más amplio que el avistamiento de una única especie.
Las aves tienen algo para enseñarnos
El crecimiento mundial del turismo de observación de aves ofrece una pista interesante.
El aficionado no pregunta solamente dónde dormir. Pregunta qué puede observar, a qué hora, en qué ambiente, con qué guía y durante qué época del año.
Viaja motivado por una especie.
Eso cambia completamente la construcción del producto turístico.
Uruguay posee ambientes muy diferentes a distancias relativamente cortas. Costa atlántica, humedales, lagunas, montes, bañados y campo pueden integrarse en recorridos especializados.
Y aquí aparece otro concepto importante: el visitante de naturaleza no necesita necesariamente grandes construcciones. Necesita naturaleza bien conservada, información confiable y buenos servicios.
Tecnología para mirar algo que existe hace miles de años
También podemos incorporar innovación sin quitarle autenticidad a la experiencia.
Imaginemos una plataforma sencilla donde un visitante pudiera consultar avistamientos recientes de ballenas a lo largo de la costa.
“Hoy fueron observadas frente a La Paloma”.
“Madre y cría registradas esta mañana en José Ignacio”.
“Alta posibilidad de avistamiento durante las próximas horas”.
A esa información podrían sumarse guías disponibles, alojamientos cercanos, restaurantes, senderos, aves observables y otras experiencias.
La tecnología no sustituiría a la naturaleza.
Ayudaría a encontrarla.
Conservar también es hacer turismo
Existe, finalmente, una condición que no admite negociación.
Si la fauna desaparece, desaparece el producto.
Ballenas, delfines, tortugas, lobos y aves son además indicadores de la salud de nuestros ecosistemas marinos.
Por eso turismo y conservación no deberían caminar por carriles separados.
Las organizaciones que participaron técnicamente en esta iniciativa —Karumbé, Yaqu Pacha, Fauna Marina Uruguay y Ballenas UY— aportan precisamente el conocimiento científico necesario para evitar que el crecimiento turístico termine perjudicando aquello que queremos poner en valor.
El éxito no debería medirse solamente por cuántas personas llegan.
También por cómo llegan, cuánto aprenden, cuánto dejan en las comunidades y en qué condiciones queda el territorio después de su visita.
Tenemos el recurso. Falta construir la experiencia
Uruguay probablemente nunca compita con otros destinos por cantidad.
Puede competir por calidad.
Por tranquilidad.
Por cercanía.
Por autenticidad.
Por la posibilidad extraordinaria de observar una ballena desde tierra y, pocas horas después, estar descubriendo aves en un humedal, visitando un pequeño emprendimiento o cenando frente al océano.
La Ruta de la Fauna Marina puede ser el comienzo de algo bastante más grande.
Pero habrá que conseguir que los carteles se conviertan en recorridos; los recorridos, en experiencias; y las experiencias, en razones para viajar.
Porque tener ballenas es naturaleza.
Conseguir que alguien viaje para conocerlas, permanezca en el territorio, genere ingresos para las comunidades y regrese a su casa entendiendo por qué debemos protegerlas, eso es turismo.
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