Lo que meses atrás aparecía como una posibilidad comienza a convertirse en realidad. Arajet y Aeropuertos Uruguay presentarán este martes 11 de agosto la nueva ruta directa entre Montevideo y Punta Cana, una conexión que puede abrir una nueva etapa turística y comercial entre Uruguay y República Dominicana.

Hay además un punto interesante para desarrollar: Arajet ya utiliza Punta Cana dentro de su estrategia regional y continúa ampliando su red latinoamericana; en 2026, por ejemplo, incorporó nuevas operaciones desde Punta Cana hacia ciudades argentinas como Mendoza y Rosario.

Arajet, una aerolínea joven que crece hacia el sur

Arajet es una compañía relativamente nueva en el mapa de la aviación comercial americana. Inició sus operaciones en 2022 con una estrategia clara: desarrollar desde República Dominicana un modelo de bajo costo capaz de conectar mercados que tradicionalmente dependían de escalas, tarifas elevadas o de los grandes centros de distribución aérea del continente.

En pocos años, ese mapa se amplió considerablemente. Actualmente, su red incluye destinos en Estados Unidos, Canadá, México, Centroamérica, el Caribe y Sudamérica. En nuestra región ya aparecen Buenos Aires, Córdoba, Mendoza y Rosario en Argentina, São Paulo en Brasil, Santiago de Chile y Lima, entre otras ciudades.

Hay otro dato que muestra el ritmo de esa expansión. En mayo de 2026 la compañía anunció la llegada de su avión número 15, bautizado “Isla Catalina”, mientras que su información actual de flota ya presenta una aeronave número 16.

La compañía ha apostado por una flota homogénea de Boeing 737 MAX 8, con capacidad para 185 o 189 pasajeros y autonomía declarada de hasta 7.400 kilómetros. La utilización de un único modelo también forma parte de la lógica de una low cost: simplificar operaciones, mantenimiento y capacitación mientras se busca eficiencia en el consumo de combustible.

Arajet confirma vuelos directos entre Montevideo y Punta Cana desde marzo de 2027

Uruguay tendrá por primera vez una conexión aérea directa con República Dominicana. Arajet comenzará a volar entre Montevideo y Punta Cana el 3 de marzo de 2027, con tres frecuencias semanales y posibilidades de conexión hacia 29 destinos de América.

La llegada de Arajet a Uruguay dejó de ser una posibilidad para transformarse en una fecha concreta. A partir del 3 de marzo de 2027, Montevideo y Punta Cana estarán unidos por vuelos directos, abriendo una conexión inédita entre Uruguay y República Dominicana y, al mismo tiempo, una nueva puerta de acceso al Caribe, Centroamérica y Norteamérica.

El acuerdo comercial entre Aeropuerto Internacional de Carrasco y Arajet fue presentado en la principal terminal aérea del país, con la presencia del ministro de Turismo, Pablo Menoni, autoridades de Aeropuertos Uruguay y representantes de la compañía dominicana.

El anuncio tiene una importancia que va más allá de sumar un destino al mapa. Para un mercado como el uruguayo, donde la conectividad aérea condiciona buena parte de las posibilidades de crecimiento turístico, cada nueva ruta directa reduce distancias, genera competencia y amplía las alternativas disponibles para viajar.

Punta Cana sin escalas

Hasta ahora, viajar desde Uruguay hacia República Dominicana implicaba realizar conexiones en otros aeropuertos de la región. La nueva operación cambia esa realidad.

Los vuelos tendrán tres frecuencias semanales —lunes, jueves y sábados— y serán operados con aeronaves Boeing 737 MAX 8.

Punta Cana es, además, uno de los destinos caribeños con mayor reconocimiento entre los viajeros uruguayos. La posibilidad de llegar sin escalas puede convertirse en un fuerte argumento comercial para operadores, agencias y pasajeros, especialmente en el segmento vacacional.

Pero el verdadero alcance de la llegada de Arajet no termina en las playas dominicanas.

Una puerta hacia 29 destinos

Desde sus hubs de Punta Cana y Santo Domingo, Arajet ofrece conexiones hacia 29 destinos de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe.

Entre ellos aparecen mercados especialmente atractivos para Uruguay, como Cancún, Miami y Orlando. De esta forma, la ruta puede funcionar tanto como conexión punto a punto con República Dominicana como puerta de entrada a una red regional más amplia.

Matías Carluccio, gerente comercial de Aeropuertos Uruguay, destacó precisamente este aspecto al señalar que la incorporación permitirá a los uruguayos acceder a los 29 destinos en los que actualmente opera la compañía.

Para Carrasco, la llegada de una nueva aerolínea también significa continuar diversificando su oferta y aumentando las opciones de conectividad internacional desde Montevideo.

Conectividad como política turística

El ministro de Turismo, Pablo Menoni, vinculó el anuncio con uno de los desafíos permanentes que enfrenta Uruguay como destino.

“Esta es una muestra más de la importancia estratégica que le asigna este ministerio a mejorar la conectividad de nuestro país. Más conectividad implica más posibilidades para el desarrollo del sector”.

La frase resume un punto central. Uruguay puede promocionar destinos, invertir en productos turísticos y buscar nuevos mercados, pero necesita conectividad para transformar ese interés en visitantes.

Una nueva ruta internacional no solamente lleva uruguayos al exterior. También puede convertirse en una vía para atraer pasajeros desde otros mercados conectados a la red de la aerolínea.

Ese será uno de los aspectos interesantes para observar cuando comience la operación: cuánto podrá aprovechar Uruguay la red de Arajet para captar viajeros que hoy necesitan conexiones más complejas para llegar al país.

Arajet apuesta a un hub continental

Manuel Luna, Chief Communications Officer de Arajet, definió la nueva ruta como parte de la estrategia de expansión de la compañía.

“La apertura de esta ruta no solo inaugura la primera conexión directa entre Uruguay y República Dominicana, sino que también fortalece nuestra visión de consolidar a República Dominicana como el nuevo hub del continente”.

Arajet comenzó sus operaciones en 2022 y desde entonces ha transportado a más de cuatro millones de pasajeros desde y hacia República Dominicana, desarrollando un modelo basado en tarifas competitivas y conexiones dentro del continente americano.

La llegada a Montevideo incorpora ahora a Uruguay dentro de esa estrategia.

El precio también jugará su partido

La comercialización de los vuelos comenzó junto con el anuncio de la ruta. Durante la primera semana de ventas, Arajet ofrecerá tarifas promocionales especiales para impulsar el lanzamiento.

El precio será un elemento importante, pero no el único. La combinación entre tarifa, vuelo directo y posibilidades de conexión puede modificar la competencia en un mercado uruguayo que viene mostrando una demanda creciente por nuevas alternativas internacionales.

Y allí está quizás la noticia más importante.

No se trata solamente de poder volar directamente desde Carrasco hasta Punta Cana. Se trata de que Uruguay suma otra puerta de entrada y salida al continente, incorpora una nueva compañía aérea y amplía su mapa de conexiones.

El 3 de marzo de 2027 despegará el primer vuelo de esta nueva etapa. Después llegará el desafío más importante: que la ruta crezca, se consolide y que los aviones no solamente salgan de Uruguay llenos de viajeros, sino que también regresen con turistas dispuestos a descubrir el país.

 

Cruceros en Uruguay: el negocio no es que lleguen, sino lo que dejan

La temporada 2025–2026 cerró con 132 cruceros, 242.086 pasajeros desembarcados y un gasto estimado de US$ 13 millones. Detrás de las grandes cifras aparece un dato que merece atención: cada visitante dejó, en promedio, unos US$ 54. El desafío es transformar unas pocas horas en tierra en más consumo, experiencias y futuros turistas.

Ver un crucero entrando a Montevideo o fondeado frente a Punta del Este siempre impresiona.

Son verdaderas ciudades flotantes. Miles de pasajeros, restaurantes, tiendas, entretenimiento y servicios viajan dentro de ellas.

Pero para Uruguay el negocio empieza en otro momento.

Cuando el pasajero baja.

Los resultados de la temporada 2025–2026 permiten analizar ese negocio con mayor precisión.

Entre noviembre y marzo arribaron 132 cruceros a Uruguay. Montevideo recibió 98 y Punta del Este 34.

Desembarcaron 242.086 cruceristas y el gasto total estimado alcanzó los US$ 13 millones.

Hasta aquí, los grandes números.

Ahora hagamos otra cuenta.

US$ 54 por visitante

Dividir los US$ 13 millones entre los 242.086 cruceristas desembarcados arroja un gasto promedio aproximado de US$ 54 por persona.

Ese número me parece incluso más interesante que la cantidad de barcos.

Porque plantea una pregunta empresarial y turística muy sencilla:

¿Podemos conseguir que un crucerista gaste más durante las pocas horas que permanece en Uruguay?

Supongamos que lográramos incrementar ese promedio solamente US$ 10.

Con exactamente los mismos 242.086 visitantes, sin conseguir un barco adicional, ingresarían alrededor de US$ 2,4 millones más a la economía vinculada al turismo.

Con US$ 20 adicionales estaríamos cerca de otros US$ 4,8 millones.

Entonces descubrimos que crecer no significa solamente traer más turistas.

También significa generar más valor con quienes ya llegaron.

Dos puertos, dos públicos

Otro dato merece atención.

Montevideo concentró el 78,5 % de los desembarcos, mientras que Punta del Este recibió el 21,5 %.

Pero cuando observamos las nacionalidades aparecen dos perfiles bastante diferentes.

En Montevideo predominó claramente el mercado argentino, con el 37,5 %. Los estadounidenses representaron el 22,9 % y los brasileños el 20 %.

En Punta del Este cambia el orden.

Los brasileños representaron el 38,6 %, los estadounidenses el 22 % y los argentinos el 18,5 %.

Esto debería tener consecuencias comerciales.

Porque no existe “el crucerista”.

Existen diferentes cruceristas.

Con intereses, poder adquisitivo, idiomas, hábitos de consumo y expectativas diferentes.

Brasil merece una atención especial

Cuando pasamos de contar personas a contar dólares aparece otro dato.

Los visitantes brasileños generaron el 28 % de todo el gasto turístico realizado por los cruceristas.

Los estadounidenses aportaron el 25,7 % y los argentinos el 25,3 %.

Solamente estos tres mercados explican casi el 80 % del gasto.

Brasil, por lo tanto, no representa únicamente un mercado numeroso.

Representa el principal mercado por participación en el gasto de los cruceristas en Uruguay durante la temporada.

Esto debería reflejarse en nuestra comunicación, productos, personal capacitado en portugués, medios de pago, gastronomía y experiencias.

No alcanza con saber quién viene.

Hay que saber qué quiere comprar cuando llega.

Competimos contra el propio crucero

Hay además una particularidad extraordinaria en este segmento turístico.

Cuando un visitante llega en avión necesita alojamiento, alimentación, transporte y entretenimiento.

El crucerista ya tiene prácticamente todo eso.

Duerme en el barco.

Puede comer en el barco.

Tiene tiendas en el barco.

Tiene espectáculos.

Tiene piscinas.

Tiene actividades.

Incluso puede decidir no desembarcar.

Por eso el destino tiene que ofrecerle algo suficientemente atractivo como para abandonar durante unas horas esa enorme infraestructura flotante.

No estamos esperando simplemente a un turista.

Estamos compitiendo por su tiempo.

¿Qué hacemos con cinco horas?

Ahí empieza una discusión que involucra mucho más que a los puertos.

¿Qué puede comprar una persona que dispone de cuatro, cinco o seis horas?

Una experiencia gastronómica.

Una visita a una bodega.

Un city tour diferente.

Una experiencia vinculada al tango o al candombe.

Compras.

Artesanías.

Un recorrido arquitectónico.

Una salida rural.

Una propuesta histórica.

Una experiencia premium.

Un almuerzo con productos uruguayos.

Incluso varias pequeñas experiencias combinadas.

Pero tienen que ser fáciles de encontrar, contratar y pagar.

El crucerista tiene algo que para cualquier estrategia comercial resulta fundamental: un tiempo limitado y una necesidad inmediata de decidir.

El teléfono debería vender Uruguay antes de desembarcar

Imaginemos otra escena.

El barco está llegando a Montevideo.

Un pasajero brasileño abre su teléfono y encuentra propuestas en portugués según el tiempo que tendrá disponible.

“Tengo cuatro horas”.

“Me interesa el vino”.

“Quiero gastronomía”.

“Busco compras”.

“Viajo con niños”.

“No quiero alejarme demasiado del barco”.

Tecnológicamente, esto ya es posible.

La inteligencia artificial permite personalizar recomendaciones y conectar intereses, ubicación, disponibilidad y tiempo.

Uruguay podría desarrollar un verdadero ecosistema digital alrededor del crucerista.

Y allí podrían participar desde grandes operadores hasta restaurantes, bodegas, comercios, guías, transportistas, artesanos y pequeños emprendimientos.

Eso es democratizar el beneficio económico del turismo.

Montevideo tiene otro desafío: sacar al visitante del puerto

Montevideo recibió aproximadamente ocho de cada diez cruceristas desembarcados durante la temporada.

Su ubicación portuaria ofrece una ventaja extraordinaria: el visitante prácticamente baja caminando a la ciudad.

Pero esa facilidad también puede convertirse en una limitación.

Si la experiencia termina exclusivamente en unas pocas cuadras alrededor de Ciudad Vieja, buena parte de Montevideo queda fuera del circuito económico del crucerista.

La Rambla, Prado, mercados, bodegas metropolitanas, barrios, gastronomía, patrimonio, cultura y diferentes experiencias podrían integrar propuestas diseñadas específicamente para pasajeros con pocas horas disponibles.

El objetivo debería ser ampliar el mapa de consumo.

Punta del Este juega otro partido

Punta del Este tiene una realidad diferente.

Recibió menos pasajeros, pero posee una concentración brasileña considerablemente mayor.

Además, el desembarco y las características territoriales generan otro tipo de experiencia.

Maldonado puede utilizar Punta del Este como puerta de entrada hacia propuestas que trasciendan la península.

Gastronomía, naturaleza, paisaje, cultura, bodegas, olivares y experiencias del departamento pueden competir por esas horas.

El crucerista no necesariamente tiene que conocer solamente aquello que observa al desembarcar.

El mejor negocio puede producirse después de que zarpe

Hay finalmente algo difícil de medir inmediatamente.

Entre esos 242.086 pasajeros hubo miles de personas que probablemente conocieron Uruguay por primera vez.

Llegaron durante unas horas.

Caminaron por Montevideo.

Conocieron Punta del Este.

Probaron nuestra gastronomía.

Conversaron con uruguayos.

Sacaron fotografías.

Después regresaron al barco y continuaron viaje.

¿Qué ocurre si una parte de ellos vuelve dentro de dos años durante una semana?

Ese pasajero deja de ser crucerista y se convierte en turista.

Entonces su gasto será alojamiento, gastronomía, transporte, compras, experiencias y servicios durante varios días.

Por eso quizás nos falta incorporar un indicador:

¿cuántos cruceristas conseguimos convertir posteriormente en visitantes de Uruguay?

Los US$ 13 millones son el comienzo

La temporada dejó 132 cruceros.

Dejó 242.086 pasajeros desembarcados.

Y dejó aproximadamente US$ 13 millones.

Son buenos números para analizar.

Pero no deberían conformarnos.

El desafío no consiste únicamente en conseguir que lleguen más barcos.

Consiste en lograr que cada persona que desembarca encuentre algo que quiera conocer, experimentar, comprar, comer, beber, llevarse o recordar.

Porque recibir 242.000 personas es una estadística.

Conseguir que 242.000 personas deseen consumir Uruguay —y algún día regresar— es una estrategia turística.

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¿De dónde nace una canción, una pintura, un poema? El arte aparece cuando las palabras cotidianas ya no alcanzan. Una reflexión sobre la creación, la sensibilidad y ese puente invisible que une al artista con quien contempla su obra.

Cuando la teoría se vuelve canción

Hasta aquí podemos intentar explicar el arte. Buscar palabras para hablar de inspiración, sensibilidad, belleza, dolor, memoria o trascendencia. Pero llega un momento en que explicar deja de ser suficiente.

Entonces aparece la obra.

Escucho Ene tiempos, de Ramiro Guzmán, y encuentro precisamente eso: palabras que no pretenden ordenar la realidad, sino atravesarla. Imágenes que, tomadas aisladamente, parecen extrañas y que, al encontrarse con la música, adquieren otra dimensión.

“Y lloré y bailé y canté en la nada…” canta en uno de sus versos.

No hace falta traducirlo.

Porque quizá allí esté la respuesta a la pregunta inicial: ¿de dónde nace la chispa de la creación?

Nace cuando alguien siente que las palabras habituales ya no alcanzan. Cuando “estoy triste”, “te extraño”, “tengo miedo”, “recuerdo” o “te quiero” resultan demasiado pequeñas para contener aquello que sucede dentro.

Entonces el artista rompe el lenguaje y construye otro.

En Ene tiempos aparecen el paso de los meses, el desencuentro, el hospital, los amigos muertos, los sueños, un bar, la luna, el fuego y la nada. No necesariamente como una historia que deba recorrerse de principio a fin, sino como fragmentos de una memoria emocional.

Y ahí sucede algo fascinante: lo profundamente personal comienza a dejar de pertenecer solamente a quien lo escribió.

Quien escucha incorpora sus propios hospitales, sus propios amigos ausentes, sus propios desencuentros, sus bares, sus meses interminables y aquellas caras que alguna vez creyó ver sobre una almohada.

Eso es el puente invisible del arte.

El creador parte de sí mismo, pero si consigue tocar algo verdaderamente humano, termina hablando también de nosotros.

Quizá por eso una canción puede acompañarnos durante años sin que conozcamos personalmente a quien la compuso. Un cuadro puede emocionarnos sin saber qué estaba viviendo el pintor. Una novela escrita hace dos siglos puede describir con inquietante precisión algo que nos ocurrió ayer.

El arte vence al tiempo porque trabaja con una materia que cambia mucho menos que la tecnología, las modas o las sociedades: la condición humana.

Por eso el arte no es un adorno superfluo y el artista tampoco es simplemente un producto de la civilización. En sus creaciones una sociedad se mira, se cuestiona, recuerda y, algunas veces, se reconoce.

En un mundo obsesionado con producir, medir, clasificar y consumir, crear continúa siendo una pequeña insurrección.

Es afirmar que todavía existe algo que no cabe en una estadística.

Algo que no siempre tiene utilidad.

Algo que quizá ni siquiera podamos explicar.

Pero que, cuando lo escuchamos, lo leemos o lo contemplamos, inexplicablemente reconocemos.

Y tal vez allí, exactamente allí, viva la chispa de la creación.

Uruguay tiene fauna. El desafío es convertirla en motivo de viaje

Ballenas, aves, lobos marinos, delfines, tortugas y paisajes costeros forman parte de un patrimonio extraordinario. La nueva Ruta de la Fauna Marina abre una oportunidad mayor: conseguir que observar naturaleza también genere estadías, servicios, conocimiento y desarrollo local.

Una ballena puede pasar frente a nuestras costas y regalarnos una imagen inolvidable. Pero desde la mirada turística hay una pregunta bastante más incómoda: ¿qué hacemos para que esa ballena sea también una razón para viajar a Uruguay, quedarse dos o tres noches y descubrir el territorio?

Ese es el verdadero desafío.

Porque tener naturaleza no alcanza.

Brasil tiene naturaleza. Argentina tiene naturaleza. Chile tiene naturaleza. Costa Rica construyó buena parte de su posicionamiento internacional alrededor de ella.

La diferencia aparece cuando un país consigue transformar su biodiversidad en una experiencia reconocible, organizada y deseada, sin destruir aquello que precisamente atrae al visitante.

Uruguay tiene condiciones para hacerlo.

La fauna puede cambiar el calendario turístico

Durante décadas aprendimos a vender nuestra costa asociándola fundamentalmente al verano.

Playa, enero, febrero.

Pero una ballena no entiende de temporadas turísticas.

La Ballena Franca Austral llega precisamente cuando buena parte de la infraestructura de nuestros balnearios dispone de capacidad ociosa. Entre julio y octubre, estos animales recorren las aguas uruguayas para aparearse, parir y criar a sus ballenatos.

Allí aparece una oportunidad formidable.

Una pareja que viaja en agosto para intentar observar ballenas necesita alojamiento. Come en un restaurante. Compra combustible. Puede visitar una bodega, contratar un guía, recorrer un área protegida, descubrir un pequeño productor, conocer un faro o continuar hacia otro punto de la costa.

Entonces la ballena deja de ser solamente una postal.

Se convierte en un disparador económico.

No vendemos la ballena: vendemos todo lo que sucede alrededor

Este punto es fundamental.

La ballena no nos pertenece.

No podemos garantizar que aparezca a las 15:30 frente a determinado mirador ni convertir un animal salvaje en una atracción programada.

Lo que sí podemos diseñar es la experiencia alrededor de esa incertidumbre.

Un buen mirador.

Información en tiempo real.

Guías especializados.

Una aplicación que indique los últimos avistamientos.

Fotografía de naturaleza.

Alojamiento con propuestas vinculadas a la observación.

Gastronomía local.

Actividades para niños.

Circuitos de aves.

Visitas a áreas protegidas.

Experiencias educativas.

Transporte entre puntos de observación.

Y una buena historia para contar.

Eso es producto turístico.

De Solís a La Coronilla aparece un corredor

La nueva Ruta de la Fauna Marina, impulsada por el Ministerio de Turismo junto con las intendencias de Maldonado y Rocha, municipios, academia, guías y organizaciones vinculadas a la conservación, puede ser mucho más que una nueva señalización.

Se instalaron diez puntos interpretativos desde Solís hasta La Coronilla.

En ellos el visitante puede conocer las especies presentes, sus posibilidades de avistamiento, las mejores épocas para observarlas y su estado de conservación. Está prevista además la incorporación de códigos QR con información ampliada y nuevos bancos adaptados al ambiente marino.

Es un comienzo.

Pero la palabra ruta obliga a pensar más lejos.

Una ruta funciona cuando existe una razón para recorrerla completa.

¿Y si alguien viniera a Uruguay especialmente por nuestra fauna?

Esa debería ser la ambición.

No esperar solamente que quien ya está en Punta del Este, Piriápolis, La Paloma o Punta del Diablo tenga la suerte de encontrarse con una ballena.

Hay que invertir la lógica.

Que alguien elija Maldonado o Rocha porque quiere verla.

Y si ese día la ballena decide no aparecer, el destino tiene que ser suficientemente bueno para que el visitante igualmente sienta que el viaje valió la pena.

Ahí entran las aves, los lobos marinos, los delfines, las tortugas, los humedales, las dunas, los faros, los senderos, la gastronomía y las historias de las comunidades costeras.

La biodiversidad permite construir un producto mucho más amplio que el avistamiento de una única especie.

Las aves tienen algo para enseñarnos

El crecimiento mundial del turismo de observación de aves ofrece una pista interesante.

El aficionado no pregunta solamente dónde dormir. Pregunta qué puede observar, a qué hora, en qué ambiente, con qué guía y durante qué época del año.

Viaja motivado por una especie.

Eso cambia completamente la construcción del producto turístico.

Uruguay posee ambientes muy diferentes a distancias relativamente cortas. Costa atlántica, humedales, lagunas, montes, bañados y campo pueden integrarse en recorridos especializados.

Y aquí aparece otro concepto importante: el visitante de naturaleza no necesita necesariamente grandes construcciones. Necesita naturaleza bien conservada, información confiable y buenos servicios.

Tecnología para mirar algo que existe hace miles de años

También podemos incorporar innovación sin quitarle autenticidad a la experiencia.

Imaginemos una plataforma sencilla donde un visitante pudiera consultar avistamientos recientes de ballenas a lo largo de la costa.

“Hoy fueron observadas frente a La Paloma”.

“Madre y cría registradas esta mañana en José Ignacio”.

“Alta posibilidad de avistamiento durante las próximas horas”.

A esa información podrían sumarse guías disponibles, alojamientos cercanos, restaurantes, senderos, aves observables y otras experiencias.

La tecnología no sustituiría a la naturaleza.

Ayudaría a encontrarla.

Conservar también es hacer turismo

Existe, finalmente, una condición que no admite negociación.

Si la fauna desaparece, desaparece el producto.

Ballenas, delfines, tortugas, lobos y aves son además indicadores de la salud de nuestros ecosistemas marinos.

Por eso turismo y conservación no deberían caminar por carriles separados.

Las organizaciones que participaron técnicamente en esta iniciativa —Karumbé, Yaqu Pacha, Fauna Marina Uruguay y Ballenas UY— aportan precisamente el conocimiento científico necesario para evitar que el crecimiento turístico termine perjudicando aquello que queremos poner en valor.

El éxito no debería medirse solamente por cuántas personas llegan.

También por cómo llegan, cuánto aprenden, cuánto dejan en las comunidades y en qué condiciones queda el territorio después de su visita.

Tenemos el recurso. Falta construir la experiencia

Uruguay probablemente nunca compita con otros destinos por cantidad.

Puede competir por calidad.

Por tranquilidad.

Por cercanía.

Por autenticidad.

Por la posibilidad extraordinaria de observar una ballena desde tierra y, pocas horas después, estar descubriendo aves en un humedal, visitando un pequeño emprendimiento o cenando frente al océano.

La Ruta de la Fauna Marina puede ser el comienzo de algo bastante más grande.

Pero habrá que conseguir que los carteles se conviertan en recorridos; los recorridos, en experiencias; y las experiencias, en razones para viajar.

Porque tener ballenas es naturaleza.

Conseguir que alguien viaje para conocerlas, permanezca en el territorio, genere ingresos para las comunidades y regrese a su casa entendiendo por qué debemos protegerlas, eso es turismo.

Menos cruceros, más estrategia: Uruguay mira hacia 2027 y apuesta a jugar en equipo

El XI Encuentro Regional de Cruceros realizado en Punta del Este dejó una señal que va mucho más allá de contar barcos. Uruguay enfrenta una temporada 2026/2027 con cambios en las escalas y un mercado cada vez más competitivo. La respuesta que propone el sector es regional: vender Sudamérica como un gran destino y lograr que cada crucerista deje más valor en tierra.

Hay números turísticos que pueden engañarnos.

Contamos cruceros, pasajeros, escalas y temporadas. Celebramos cuando llegan más barcos y nos preocupamos cuando llegan menos. Pero quizá la verdadera pregunta para Uruguay debería ser otra: ¿cuánto valor somos capaces de generar cada vez que un crucerista pisa nuestro territorio?

Pensaba en esto mientras seguía las conclusiones del XI Encuentro Regional de Cruceros, realizado en Punta del Este los días 6 y 7 de agosto.

Autoridades, puertos, operadores y representantes de la industria de Argentina, Brasil, Chile, Panamá y Uruguay volvieron a sentarse alrededor de una misma mesa.

Y esta vez el encuentro llega en un momento especialmente interesante.

Una temporada que obliga a mirar los números

La temporada 2025/2026 había comenzado con una previsión oficial de 139 escalas de cruceros en Uruguay: 100 en Montevideo y 39 en Punta del Este, además de unas 35 escalas técnicas previstas para el puerto capitalino.

Punta del Este esperaba, por sí sola, alrededor de 115.000 cruceristas.

Son cifras importantes para un país de nuestra escala.

Pero el escenario hacia 2026/2027 presenta cambios y obliga a mirar con atención las decisiones de las compañías.

No todos los barcos que dejan de tocar un puerto significan necesariamente turistas perdidos para Uruguay. También existen modificaciones de itinerarios y redistribuciones entre Montevideo y Punta del Este.

Ese detalle es fundamental.

El desafío no consiste únicamente en preguntarnos cuántos cruceros vienen, sino también dónde desembarcan, cuánto tiempo permanecen, qué consumen y cuánto territorio conocen.

Montevideo y Punta del Este no deberían competir entre sí

Aquí aparece uno de los grandes asuntos que Uruguay deberá resolver.

Montevideo y Punta del Este ofrecen experiencias completamente diferentes.

Montevideo tiene patrimonio, gastronomía, cultura, Ciudad Vieja, mercados, arquitectura, tango, candombe y una terminal situada prácticamente dentro de la ciudad.

Punta del Este aporta playa, paisaje, naturaleza, gastronomía, compras y la posibilidad de construir excursiones hacia otros puntos de Maldonado.

Por eso resulta poco inteligente pensar ambos destinos únicamente como competidores por una escala.

Pueden funcionar como puertas diferentes de entrada al mismo país.

Y desde cualquiera de ellas existe otro desafío todavía pendiente: llevar al visitante más lejos del puerto.

El crucerista necesita motivos para quedarse

Edgar Silveira, director de Turismo de Maldonado, puso sobre la mesa uno de los asuntos que considero centrales: aumentar el tiempo de permanencia del visitante y ampliar las oportunidades de excursión y consumo.

Ahí está buena parte del negocio.

Un crucero puede traer miles de personas. Pero si desembarcan, caminan unas pocas cuadras, toman una fotografía, compran un recuerdo y regresan al barco, el impacto económico para el destino es limitado.

El verdadero desafío empieza cuando transformamos esas horas disponibles en experiencias.

Una bodega.

Un restaurante.

Un establecimiento rural.

Un recorrido histórico.

Una experiencia cultural.

Compras.

Artesanías.

Naturaleza.

Gastronomía.

Un guía local.

Transporte.

Cada hora adicional que conseguimos que ese visitante permanezca recorriendo Uruguay abre una cadena de oportunidades para pequeñas y medianas empresas.

No alcanza con recibir al barco. Hay que recibir al pasajero.

“Acá nadie se salva solo”

La frase utilizada por el ministro de Turismo, Pablo Menoni, durante el encuentro resume probablemente el principal mensaje político y comercial de las jornadas:

“Acá nadie se salva solo”.

Y tiene sentido.

Una compañía de cruceros no diseña su programación pensando exclusivamente en Montevideo o Punta del Este.

Piensa rutas.

Piensa distancias.

Piensa combustible.

Piensa tiempos de navegación.

Piensa puertos.

Piensa excursiones.

Piensa rentabilidad.

Y, finalmente, piensa qué experiencia puede venderle al pasajero.

Por eso Menoni planteó fortalecer la presencia conjunta de Sudamérica en los grandes encuentros internacionales de la industria.

Uruguay, Argentina, Brasil y Chile pueden competir por determinadas escalas, pero al mismo tiempo necesitan unos de otros para construir itinerarios atractivos.

Sudamérica tiene que vender una ruta

El ministro de Turismo de Brasil, Gustavo Costa Feliciano, profundizó precisamente esa idea: promover itinerarios combinados, facilitar la circulación de los turistas y ampliar la conectividad marítima.

La lógica comercial es sencilla.

Para un turista europeo, norteamericano o asiático resulta mucho más potente comprar Sudamérica que comprar solamente un puerto.

Buenos Aires, Montevideo, Punta del Este, puertos brasileños, Chile y eventualmente los recorridos hacia la Antártida pueden integrar un producto extraordinariamente atractivo.

La competencia internacional no es solamente entre Montevideo y Buenos Aires.

Sudamérica compite con el Caribe, el Mediterráneo, Alaska, el norte de Europa, Asia y otros grandes circuitos mundiales de cruceros.

Ahí cambia completamente la escala del desafío.

Los puertos también forman parte del producto turístico

Otro de los aspectos tratados fue la infraestructura.

El vicepresidente de la Administración Nacional de Puertos, Constante Mendiondo, destacó el compromiso de la ANP con la fidelización y el crecimiento de los destinos uruguayos.

El director nacional de Hidrografía, Mauro Toledo, señaló además las dificultades que pueden generar las condiciones climáticas en Punta del Este.

No es un asunto menor.

Para una naviera cuentan el atractivo turístico, pero también los costos, la seguridad, los tiempos, la infraestructura y la eficiencia de cada operación.

El puerto es parte de la experiencia turística aunque el turista apenas piense en él.

La inteligencia artificial también subió al barco

Hubo otro tema que me resultó especialmente interesante.

La agenda incorporó la conferencia “Inteligencia Artificial: preparando el talento humano de la industria de cruceros”, presentada por Guimara Tuñón, de Panamá.

Es una señal de hacia dónde se mueve el sector.

La inteligencia artificial permitirá conocer mejor al pasajero, anticipar comportamientos, personalizar excursiones, gestionar flujos de visitantes, mejorar operaciones y conectar la oferta disponible en tierra con los intereses de quienes llegan a bordo.

Para Uruguay esto abre una oportunidad enorme.

Imaginemos que antes de desembarcar el pasajero pueda conocer experiencias adaptadas a sus intereses y al tiempo real del que dispone.

“Tengo cinco horas y me interesa el vino”.

“Tengo cuatro horas y quiero conocer patrimonio”.

“Viajo con niños”.

“Busco gastronomía”.

“Quiero naturaleza”.

Ahí dejamos de vender solamente una excursión estándar y empezamos a gestionar experiencias.

Menos barcos no debería significar necesariamente menos turismo.

Por eso la temporada 2026/2027 merece analizarse con algo más que una calculadora.

Si finalmente Uruguay recibe menos escalas en determinados puertos, será una señal que deberá estudiarse seriamente.

Pero contar barcos no puede convertirse en el único indicador.

Deberíamos medir también pasajeros desembarcados, gasto promedio, excursiones contratadas, permanencia en tierra, empresas beneficiadas y capacidad de conseguir que esos viajeros regresen posteriormente a Uruguay como turistas tradicionales.

Porque un crucerista también puede convertirse en nuestro próximo visitante.

Ese debería ser uno de los grandes objetivos.

De puerto de escala a puerta de entrada

El XI Encuentro Regional de Cruceros dejó muchas fotografías, autoridades, paneles y declaraciones.

Pero detrás de todo eso apareció una idea mucho más importante.

Uruguay es demasiado pequeño para pretender ganar esta batalla solo.

Y Sudamérica es demasiado atractiva para seguir vendiéndose como una colección de puertos separados.

Quizá 2027 no deba ser simplemente el año en que discutamos si llegaron más o menos cruceros.

Podría ser el momento de empezar a preguntarnos algo diferente:

¿qué hacemos con cada barco que llega?

Porque el éxito no debería medirse solamente cuando divisamos un crucero entrando a la bahía.

El verdadero turismo comienza cuando sus pasajeros bajan.

Y mucho mejor todavía si, después de conocernos durante unas horas, deciden volver.

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