Rosario Cervini impulsa una encuesta sobre Canelones Suena en Atlántida
Rosario Cervini impulsa una encuesta ciudadana sobre el impacto de Canelones Suena en Atlántida
La actual concejala del Municipio de Atlántida y ex candidata a la Alcaldía local, impulsa en estas horas una encuesta digital dirigida a vecinos y vecinas de la ciudad, con el objetivo de relevar opiniones directas sobre el impacto y la organización del evento musical Canelones Suena.
La iniciativa busca recoger miradas reales de la comunidad en un contexto donde existen distintas dudas y percepciones respecto a los efectos de este tipo de eventos masivos sobre la vida cotidiana de habitantes y comerciantes, la infraestructura urbana, la tranquilidad del entorno y el cuidado del ambiente.
Asimismo, la encuesta apunta a conocer la opinión ciudadana sobre la conveniencia de su realización, así como sobre la ubicación más adecuada para este tipo de propuestas culturales dentro del territorio.
La consulta es breve y anónima, y se presenta como una herramienta de participación que permite sistematizar opiniones diversas en torno a un evento de alto impacto local.
Las personas interesadas en participar pueden hacerlo a través del siguiente enlace:
https://forms.gle/ifzoeFvia9eQcq6n6
La participación es voluntaria y los datos recolectados se utilizarán con fines de análisis y reflexión sobre la propuesta cultural.
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El placer de las obras grandes y pequeñas: una reflexión de Esteban Molet
En esta reflexión íntima y lúcida, el arquitecto Esteban Molet Gurrera comparte medio siglo de oficio y pensamiento, recorriendo el placer silencioso de crear, proyectar y ver envejecer bien a la arquitectura. Una mirada crítica sobre la obsesión por lo icónico y una defensa clara de lo esencial: el valor del diseño con sentido, tanto en lo monumental como en lo pequeño.
El placer de las obras grandes y pequeñas
Arq. Esteban Molet Gurrera
La arquitectura es como una novia que te exige y de momento, no te da lo que esperas, o lo inmediato que quieres recibir a cambio.
En mis 50 años desde que me recibí como arquitecto, creo que el mayor placer que he recibido ha sido ver algunas de mis obras que ya llevan más de 30 o 40 años de haberse terminado, en muy buen estado, tanto que todavía dan ganas de contemplarlas. Afortunadamente, esta satisfacción nadie te la quita; es muy agradable encontrar obras en Polanco, Las Lomas, del Valle, Acapulco, Cancún, obras que hicimos hace tantos años y que algunas personas que en ese momento estén contigo, digan: “¿Tú hiciste ese edificio?” Uno se siente muy bien de haber construido algo así.
Para mí, la obra terminada es una fase muy importante, ya que es la culminación de todo el trabajo creativo, sin embargo, disfruto mucho todo el proceso desde el comienzo, cuando realizo los primeros croquis, pues sé que van a llevar mis ideas a buen puerto, mientras voy añadiendo las partes que se requieren para desarrollar un edificio completo, inteligente o no.
El desarrollo de un proyecto me provoca un placer enorme y una satisfacción invaluable y es que estoy casi siempre solo, mis croquis y yo, avanzando la idea inicial para llegar al primer “proyecto conceptual”, pues esa parte del proceso creativo del proyecto es para mí un diálogo entre mi creatividad y el resultado que da cada raya, cada trazo, todos los colores, lápices y plumones, al generar formas, geometría y volúmenes que pronto se vayan concretando físicamente en objetos reales, hasta llegar a la culminación de la obra.
Lo que para mí funciona como una serie de fases que se van completando con su consecuente satisfacción, ya que cada momento tiene para mí un valor de parto sin dolor.
Es el momento que hace realidad que pueda construirse, edificarse, una obra arquitectónica que iniciaste con la primera raya y continuaste con el proyecto conceptual o el guion de la arquitectura que se va a erguir; en el momento en que se unan todos los factores necesarios: planos ejecutivos, licencias y permisos, la inversión total, la planeación y la construcción en sí, esa obra se llevará a cabo. Esto no es poco y todo tiene que conjuntarse con la simultaneidad y combinación de todos los requerimientos que han de cumplirse en su totalidad.
Hay obras arquitectónicas muy grandes que de estética no tienen nada y resultan bultos enormes o cajas de zapatos tiradas en un armario o clóset llamado espacio, que no tienen ni pies ni cabeza.
China y el resto de los países asiáticos, están llenos de bultos icónicos que de icónicos no tienen nada, resaltan formas caprichosas y sin sentido; eso me hace regresar a lo pequeño, a lo sencillo y, a veces, volver a lo simple me causa más gusto y placer, por la belleza de los pequeños detalles.
La arquitectura está en lo grande y en lo pequeño, siempre y cuando valga la pena el concepto de diseño. Igual de bien o de mal, lo grande y lo pequeño, hay que saberlo trabajar, componer con el mismo gusto y talento, tanto la arquitectura monumental como la de pequeña escala.
Como decía, ahora casi todos los edificios tratan de ser icónicos y para dar mayor énfasis, se visten con un disfraz; es como vestirse todos los días para una boda o fiesta, y para mí resulta una exageración. A veces pienso que se visten de payaso para hacerse los simpáticos o los graciosos y su interés básico es llamar la atención.
Cada edificio autonombrado icónico equivale, sin exagerar, a lo que valdrían varios edificios normales con usos normales, más bien para necesidades más humanas y más prioritarias, no de vanidad o de moda, con marcas de valores exorbitantes, ya saben a cuales me refiero, pues su precio no equivale a su utilidad real, su valor es solo de marca.
De esta misma forma distintos arquitectos han diseñado muchos edificios icónicos, solo con la finalidad de lucir y presumir su edificio, al precio que sea, sin ver la desproporción comparativa con edificios de buena arquitectura, sin pretensiones icónicas erróneas y tristemente, ya en pronta extinción.
Del gato de Schrödinger a la geopolítica real: Canadá, Uruguay y el fin del orden basado en normas
El discurso del primer ministro de Canadá, Mark J. Carney, puede leerse como una traducción geopolítica del gato de Schrödinger aplicada al mundo actual. Durante años, el orden internacional estuvo vigente y erosionado al mismo tiempo: sólido en la retórica, frágil en la práctica. Esa superposición resultaba funcional mientras nadie abriera la caja. Al hacerlo, Carney pone palabras a una evidencia incómoda: el sistema basado en normas dejó de operar como promesa universal y pasó a funcionar de manera selectiva, instrumental y, en muchos casos, coercitiva. La observación honesta colapsa la ambigüedad. Ya no existe el “como si”.
Para Uruguay, la paradoja no es ajena, aunque se viva desde otra escala. También aquí convivieron dos realidades simultáneas: la confianza histórica en el multilateralismo y la constatación de que el mundo se ordena cada vez más por poder, velocidad y conveniencia. Uruguay no es una potencia media, pero tampoco un actor pasivo. Su capital reside en la estabilidad institucional, la previsibilidad democrática, la vocación de diálogo y la credibilidad acumulada. Abrir la caja, en clave uruguaya, implica dejar de actuar bajo supuestos que ya no garantizan protección y avanzar hacia una inserción internacional más consciente, diversificada y coherente entre discurso y acción.
En ese marco, el acuerdo aún inconcluso entre el Mercosur y la Unión Europea aparece como una oportunidad estratégica que exige rectificación y decisión política. Durante años, ese entendimiento estuvo firmado y suspendido a la vez: defendido en los comunicados, postergado en los hechos. Para Uruguay, destrabarlo no es solo una cuestión comercial. Es una forma concreta de reducir vulnerabilidades, ampliar márgenes de autonomía y anclar su proyección internacional en reglas claras con un socio que todavía valora estándares, sostenibilidad y previsibilidad. En un mundo donde la integración puede convertirse en dependencia, avanzar con Europa puede ser una manera de abrir la caja a tiempo y evitar quedar atrapados en una ilusión que otros ya abandonaron.
Les dejo el discurso en Davos el día 20 de enero de 2026
Es un placer —y un deber— estar con ustedes en este punto de inflexión para Canadá y para el mundo. Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno. Pero sostengo, aun así, que otros países —en particular las potencias medias como Canadá— no están indefensos. Tienen el poder de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados. El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad. Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben. Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reimponiéndose. Y, ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad. No lo hará. Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones? En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista? Su respuesta empezaba con un verdulero. Cada mañana, este tendero coloca un letrero en su escaparate: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. No lo cree. Nadie lo cree. Pero lo coloca de todos modos: para evitar problemas, para señalar conformidad, para llevarse bien. Y como cada tendero en cada calle hace lo mismo, el sistema persiste. No solo mediante la violencia, sino mediante la participación de la gente común en rituales que, en privado, sabe que son falsos. Havel llamó a esto “vivir dentro de una mentira”. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera cierto. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando incluso una sola persona deja de actuar —cuando el verdulero quita su letrero— la ilusión empieza a resquebrajarse. Ha llegado el momento de que las empresas y los países retiren sus letreros. Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, alabamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos impulsar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección. Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima. Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para resolver disputas. Así que pusimos el letrero en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad. Ese pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. En las dos últimas décadas, una serie de crisis —financiera, sanitaria, energética y geopolítica— dejó al descubierto los riesgos de una integración global extrema. Más recientemente, las grandes potencias empezaron a usar la integración económica como arma. Aranceles como palanca. Infraestructura financiera como coerción. Cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar. No se puede “vivir dentro de la mentira” del beneficio mutuo mediante la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación. Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias medias —la OMC, la ONU, las COP—, la arquitectura de la resolución colectiva de problemas, están muy debilitadas. Como resultado, muchos países están llegando a las mismas conclusiones. Deben desarrollar mayor autonomía estratégica: en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro. Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú. Pero seamos lúcidos sobre adónde conduce esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible. Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de normas y valores para perseguir sin trabas su poder e intereses, los beneficios del “transaccionalismo” se vuelven más difíciles de replicar. Los hegemones no pueden monetizar continuamente sus relaciones. Los aliados diversificarán para cubrirse ante la incertidumbre. Comprarán seguros. Aumentarán opciones. Esto reconstruye la soberanía —una soberanía que antes estaba anclada en normas—, pero que estará cada vez más anclada en la capacidad de resistir la presión. Esta gestión clásica del riesgo tiene un coste. Pero ese coste de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que cada uno construya su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades son de suma positiva. La pregunta para las potencias medias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La pregunta es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos —o si podemos hacer algo más ambicioso. Canadá fue de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar de forma fundamental nuestra postura estratégica. Los canadienses saben que nuestra vieja y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras membresías en alianzas conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida. Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores” —o, dicho de otro modo, aspiramos a ser principistas y pragmáticos. Principistas en nuestro compromiso con valores fundamentales: la soberanía y la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo cuando sea coherente con la Carta de la ONU, el respeto de los derechos humanos. Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen, que no todos los socios comparten nuestros valores. Nos estamos comprometiendo ampliamente, de forma estratégica, con los ojos abiertos. Afrontamos activamente el mundo tal como es, no esperamos al mundo tal como quisiéramos que fuera. Canadá está calibrando sus relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Estamos priorizando un compromiso amplio para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del mundo, los riesgos que esto plantea y lo que está en juego de cara a lo que viene. Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza. Estamos construyendo esa fuerza en casa. Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos recortado impuestos sobre ingresos, ganancias de capital e inversión empresarial; hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial; y estamos acelerando un billón de dólares de inversión en energía, IA, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más allá. Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para 2030, y lo hacemos de maneras que fortalezcan nuestras industrias nacionales. Nos estamos diversificando rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, incluyendo la adhesión a SAFE, los mecanismos europeos de compra de defensa. Hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en los últimos seis meses. En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar. Estamos negociando pactos de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y Mercosur. Para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes asuntos, basadas en valores e intereses. En Ucrania, somos miembro central de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad. En soberanía ártica, nos mantenemos firmemente junto a Groenlandia y Dinamarca y apoyamos plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia. Nuestro compromiso con el Artículo 5 es inquebrantable. Trabajamos con nuestros aliados de la OTAN (incluyendo el Nordic Baltic 8) para asegurar aún más los flancos norte y oeste de la alianza, incluyendo inversiones sin precedentes en radar de alcance más allá del horizonte, submarinos, aeronaves y presencia terrestre. En el comercio plurilateral, estamos impulsando esfuerzos para tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificarse y alejarse de un suministro concentrado. En IA, cooperamos con democracias afines para garantizar que, en última instancia, no nos veamos obligados a elegir entre hegemones e hiperescaladores. Esto no es multilateralismo ingenuo. Tampoco es depender de instituciones debilitadas. Es construir coaliciones que funcionen, asunto por asunto, con socios que comparten suficiente terreno común como para actuar juntos. En algunos casos, será la gran mayoría de las naciones. Y es crear una densa red de conexiones a través del comercio, la inversión y la cultura, de la que podamos valernos para desafíos y oportunidades futuras. Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú. Las grandes potencias pueden permitirse ir solas. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar, la palanca para dictar condiciones. Las potencias medias no. Pero cuando solo negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Esto no es soberanía. Es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación. En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una elección: competir entre sí por el favor o unirse para crear un tercer camino con impacto. No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte —si elegimos ejercerlo juntos. Lo cual me devuelve a Havel. ¿Qué significaría para las potencias medias “vivir en la verdad”? Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el “orden internacional basado en normas” como si siguiera funcionando tal como se anuncia. Llamar al sistema por lo que es: un período en el que los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como un arma de coerción. Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica que viene de una dirección pero guardan silencio cuando viene de otra, estamos manteniendo el letrero en la ventana. Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que el hegemón restaure un orden que está desmantelando, crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describen. Y significa reducir la palanca que permite la coerción. Construir una economía doméstica fuerte debería ser siempre la prioridad de todo gobierno. Diversificar internacionalmente no es solo prudencia económica; es la base material para una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a posturas basadas en principios reduciendo su vulnerabilidad a represalias. Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una superpotencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales críticos. Tenemos la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones están entre los mayores y más sofisticados inversores del planeta. Tenemos capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión. Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran. Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y fiable —en un mundo que no lo es—, un socio que construye y valora relaciones a largo plazo. Canadá tiene algo más: el reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es. Estamos quitando el letrero de la ventana. El viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero, a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina. Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente. Y es un camino ampliamente abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros.
Por Jacobo Malowany para Noticiasydestinos
Fuete: Discursos de Davos 2026 y el video de https://x.com/IdafeMartin
Datos, visitantes y estrategia: cómo microsegmentar el turismo en Uruguay
Movimiento migratorio en Uruguay: 753.644 registros en la primera quincena de enero de 2026
Durante la primera quincena de enero de 2026, el movimiento migratorio en Uruguay alcanzó un total de 753.644 registros, sumando ingresos y egresos por los distintos pasos fronterizos y terminales habilitadas.
Según los datos oficiales, entre el 1.º y el 15 de enero se contabilizaron 359.086 ingresos al país y 394.558 egresos, lo que confirma una movilidad intensa típica del período de temporada, con fuerte concentración en los corredores regionales.
Ingresos: los principales puntos de acceso
En relación con los ingresos, los principales puntos de acceso fueron:
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Paysandú: 75.233 personas
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Colonia: 63.795
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Fray Bentos: 57.966
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Aeropuerto Internacional de Carrasco: 46.914
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Salto: 32.929
También se destacaron el Puerto de Montevideo (24.175), Rivera (16.792), Río Branco (13.254), Chuy (11.237) y Maldonado (9.902), entre otros controles migratorios.
Procedencia: Argentina lidera los ingresos
Respecto a la procedencia de quienes ingresaron a Uruguay durante ese período, la mayoría fueron ciudadanos argentinos, con 163.367 registros. Les siguieron los uruguayos (123.147), brasileños (27.026), paraguayos (6.402) y estadounidenses (5.530).
Egresos: por dónde se salió del país
En cuanto a las salidas, entre el 1.º y el 15 de enero se registraron 394.558 egresos. Los pasos más utilizados para dejar Uruguay fueron:
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Colonia: 72.078 personas
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Paysandú: 60.757
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Fray Bentos: 58.319
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Aeropuerto Internacional de Carrasco: 57.434
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Rivera: 32.473
Además, se registraron egresos por otros puntos fronterizos y terminales de control.
Lectura del movimiento: región, temporada y dinámica bidireccional
El predominio de Argentina en la procedencia de los ingresos vuelve a confirmar el peso del turismo regional en el verano uruguayo. A la vez, el volumen de egresos por los mismos corredores (especialmente Colonia, Paysandú y Fray Bentos) refleja una dinámica bidireccional intensa, asociada a viajes frecuentes, estadías cortas y traslados típicos de la temporada.
Microsegmentar para crecer: cuando los datos se convierten en política turística
En línea con lo que ha planteado el ministro de Turismo, Pablo Menoni, el crecimiento del sector pasa hoy por una promoción más inteligente y segmentada. La microsegmentación permite dejar atrás la lógica de campañas genéricas y avanzar hacia estrategias basadas en datos reales, perfiles de viajeros y motivaciones concretas. Para el ministerio, comprender quién llega, desde dónde, por cuánto tiempo y con qué expectativas resulta clave para optimizar recursos, mejorar la experiencia del visitante y fortalecer la competitividad del destino Uruguay durante todo el año.
Los números del movimiento migratorio de la primera quincena de enero confirman algo que el turismo uruguayo conoce desde hace años, pero que todavía no siempre traduce en decisiones: no todos los visitantes son iguales, ni viajan por los mismos motivos. Sin embargo, muchas veces la comunicación, la promoción y la oferta siguen pensándose en clave general, como si el turismo fuera un bloque homogéneo.
Los datos muestran un predominio claro del turismo argentino, un volumen significativo de uruguayos que regresan o visitan el país desde el exterior y una presencia más acotada, pero constante, de brasileños, paraguayos y estadounidenses. Cada uno de esos flujos responde a lógicas distintas. Y ahí aparece el verdadero desafío: pasar del dato al criterio.
El turismo argentino, mayoritario, se mueve en clave de cercanía, escapadas cortas, decisiones rápidas y alto conocimiento del destino. No necesita que se le explique qué es Uruguay; necesita motivos nuevos para volver. Eventos, gastronomía, propuestas de bienestar, alojamientos con servicios completos y experiencias que funcionen incluso si el clima no acompaña. Comunicar lo mismo que hace diez años ya no alcanza.
Los uruguayos residentes en el exterior, por su parte, no llegan como turistas tradicionales. Vienen a reencontrarse, a recorrer lugares conocidos con otra mirada, a combinar familia con descanso. Ese perfil consume, se desplaza y decide distinto. Pensarlos solo como “retornos” es perder una oportunidad turística concreta.
Los mercados de mayor distancia, aunque menores en volumen, buscan otra cosa: naturaleza, identidad, experiencias culturales y productos bien narrados. No compiten por precio ni por cantidad, sino por sentido y calidad. Para ellos, el relato del destino pesa tanto como la infraestructura.
Aquí es donde la microsegmentación deja de ser una herramienta de marketing y pasa a ser una decisión política. No se trata de atraer más gente a cualquier costo, sino de diseñar propuestas específicas para públicos específicos, optimizando recursos, mejorando la conversión y reduciendo la dependencia de picos estacionales.
La lectura inteligente de los puntos de ingreso, los tiempos de estadía y los comportamientos de consumo permite algo clave: transformar movilidad en visitas reales, y visitas en experiencias que se repiten. Ese es el verdadero crecimiento.
El turismo uruguayo ya tiene los datos. El desafío ahora es animarse a usarlos mejor. Porque el futuro del sector no se juega en sumar volumen, sino en comprender a quién llega, por qué llega y cómo lograr que quiera volver. Cuando los datos se convierten en decisiones, la microsegmentación deja de ser técnica y se transforma en política turística efectiva.
El humo también habla: conspiración, antisemitismo y discurso político sin pruebas
El humo también habla
En los últimos días, durante una sesión parlamentaria, Gustavo Salle volvió a ocupar el centro de la escena al referirse a “los incendios en la Patagonia”. No lo hizo para describir un fenómeno ambiental ni para comentar el estado de una investigación judicial en curso. Lo hizo para insinuar. Y como toda insinuación que aspira a parecer profunda, vino acompañada de un enemigo lo suficientemente impreciso como para no tener que probar nada: “sionistas militares de Israel”. Los incendios existen. Son reales, devastadores y están siendo investigados por la Justicia argentina. Hasta ahora, lo único firme es que podría haber intervención humana en el origen de algunos focos y que no hay responsables identificados, ni imputaciones contra colectivos, nacionalidades o Estados extranjeros. Ese es el límite de la evidencia disponible. Todo lo que viene después pertenece al terreno del relato. A partir de ese punto, el discurso de Salle da un salto lógico digno de estudio: de un hecho local aún no esclarecido pasa a una teoría internacional de sabotaje continental. La Patagonia deja de ser un territorio afectado por sequías, vientos, fragilidad ambiental y fallas estructurales de prevención, para convertirse en el tablero de una guerra secreta. No una guerra visible, documentada o judicializada, sino una que solo existe en la medida en que se la enuncia con un tono dramático. La categoría elegida —“sionistas militares de Israel”— cumple una función precisa. No se refiere a personas concretas, no identifica unidades, no cita causas judiciales ni documentos. Es una etiqueta amplia, nebulosa y elástica, perfecta para explicar cualquier cosa sin explicar nada. No se trata de análisis geopolítico, sino de retórica de sospecha. Es Andinia 2.0, un mito conspirativo tan viejo que basta con googlearlo para comprobar que nunca existió. Aquí aparece un punto que no puede eludirse: el antisemitismo. No hace falta mencionar explícitamente a “los judíos” para activar un imaginario histórico cargado de prejuicios. Basta con insinuar que las tragedias reales tienen detrás a un colectivo difuso asociado a Israel, sin pruebas, sin nombres y sin responsabilidades verificables. El mecanismo es antiguo: cuando no hay evidencia, aparece el estereotipo. Criticar las políticas del Estado de Israel es legítimo. Convertir incendios no esclarecidos en pruebas implícitas de una conspiración atribuida a “sionistas militares” no lo es. No es un debate internacional; es el desplazamiento del miedo. Y ese desplazamiento siempre termina señalando a los mismos. El problema no es solo la falta de pruebas, sino también la subestimación de la audiencia. Creer que un discurso así se sostiene supone pensar que el público confundirá la solemnidad con la verdad y una investigación judicial con una novela de suspenso. No dice nada sobre la Patagonia, pero sí mucho sobre la pobre opinión que quien habla parece tener del pueblo uruguayo. Identidad Soberana, el partido que lidera Salle, no ofrece un modelo alternativo de país, sino un estado de sospecha permanente. Su política no se organiza en torno a propuestas públicas implementables, sino en torno a enemigos nebulosos que operan en las sombras. Sabe muy bien contra qué está, pero todavía no logra explicar cómo funcionaría el país el día después de tener la razón. No se trata de silenciar opiniones ni de evitar debates incómodos. Se trata de respetar el lugar desde el que se habla. El Parlamento no es un espacio para relatos creativos ni para improvisaciones solemnes: es una institución que habla por el país. Cuando desde allí se lanzan insinuaciones graves sin una sola prueba, el asunto deja de ser doméstico y empieza a erosionar algo que a Uruguay le costó décadas construir: su reputación de seriedad. Y pronunciada con investidura parlamentaria, la conspiración deja de ser color local para empezar a dar explicaciones más allá de la frontera. Hay palabras que no solo fracasan al explicar la realidad, sino que también contribuyen a degradarla. Cuando el temor adopta la forma del análisis y la sospecha se presenta como pensamiento, el daño deja de ser un accidente para convertirse en previsible. Los países no se debilitan por lo que ignoran, sino por lo que consienten que se diga sin rigor en los ámbitos donde debería primar la inteligencia. Y esa concesión —más que cualquier incendio— es la que finalmente deja cenizas.
Guillermo (Bill) Melkesetian 17 de enero de 2026
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