Bielsa analiza el fútbol desde el contrafactual; el resto del mundo lo evalúa desde los resultados.
Uruguay, el Mundial y esa costumbre de vivir del "¿y si...?"
Uruguay quedó eliminado del Mundial. Dos puntos. Ningún partido ganado. Tres años de trabajo del cuerpo técnico para terminar exactamente donde uno no quiere terminar: haciendo cuentas que ya no sirven para nada.
Lo curioso no es la eliminación. Eso forma parte del deporte. Lo interesante es lo que viene después. En pocas horas el país se llena de directores técnicos, analistas tácticos, dirigentes honorarios y expertos en preparación física que descubren, con una precisión admirable, todo lo que había que hacer... cuando ya no se puede hacer.
Existe un concepto muy interesante en psicología y en la toma de decisiones: el pensamiento contrafactual.
El pensamiento contrafactual sirve para explicar derrotas. La gestión sirve para reducir la probabilidad de que ocurran.
Es esa maravillosa capacidad del ser humano para imaginar un pasado mejor que el que realmente ocurrió.
"Si aquel gol entraba..."
"Si el técnico hacía los cambios antes..."
"Si convocaban a otro jugador..."
"Si la pelota pegaba cinco centímetros más a la derecha..."
Es un ejercicio mental fascinante. Lástima que no suma puntos.
La historia también utiliza el pensamiento contrafactual. Se pregunta qué habría pasado si Napoleón ganaba Waterloo o si la Segunda Guerra Mundial terminaba de otra manera. Nosotros, más modestos, discutimos qué habría pasado si Uruguay hacía un gol más contra cualquiera.
El problema es que el contrafactual sirve para aprender, no para reescribir la realidad.
Porque los números son bastante tercos.
En Qatar 2022 Uruguay hizo cuatro puntos. Ganó un partido.
En este Mundial hizo dos puntos.
La evolución fue hacia atrás.
Y eso también debería formar parte del análisis.
Lo preocupante es que muchas veces confundimos estabilidad con progreso. Permanecer tres años en un proyecto no garantiza que ese proyecto avance. Un reloj detenido también permanece exactamente en el mismo lugar durante años.
En ciencia, el razonamiento contrafactual se utiliza para medir el impacto real de una política pública. Básicamente pregunta: ¿qué habría ocurrido si no hacíamos esto?
Quizás esa sea la pregunta que debería hacerse el fútbol uruguayo.
No para buscar culpables.
Sino para entender resultados.
Porque el deporte de alto rendimiento no premia las buenas intenciones. Premia los resultados.
Y mientras nosotros seguimos imaginando el Mundial que podríamos haber jugado, otros países, con menos historia y menos camisetas vendidas, siguen avanzando.
Tal vez el verdadero rival de Uruguay no sea otra selección.
Tal vez sea nuestra permanente necesidad de explicar el pasado en lugar de diseñar el futuro.
Pensar contrafactualmente es saludable cuando ayuda a aprender.
Se vuelve peligroso cuando reemplaza la autocrítica.
Porque existe una diferencia enorme entre decir "¿qué habría pasado si...?" y preguntarse "¿qué debemos hacer para que no vuelva a pasar?".
El fútbol es así.
Pero entonces aparece la gran contradicción.
Si el fútbol es solamente "así", si todo depende de una pelota que entra o sale por centímetros, ¿para qué Uruguay invirtió aproximadamente 13,6 millones de dólares en un entrenador durante más de tres años?
¿Para escuchar que el fútbol es así?
Marcelo Bielsa suele repetir que el objetivo era conseguir siete puntos.
Terminamos con dos.
Cinco menos.
Y ahí el debate deja de ser futbolístico para convertirse en una discusión sobre creación de valor.
En cualquier empresa, cuando se contrata al gerente mejor pago, nadie espera que explique las pérdidas diciendo que "los mercados son así".
Cuando un hospital incorpora al mejor cirujano, nadie acepta que diga: "las operaciones son así".
Cuando una empresa paga millones por un CEO, espera algo muy concreto: que agregue valor.
Eso mismo debería ocurrir en el fútbol.
Nadie puede garantizar un campeonato.
Nadie puede prometer que una pelota entrará.
Pero sí puede construir un equipo que tome mejores decisiones, reduzca errores, potencie talentos y aumente las probabilidades de ganar.
Eso es crear valor.
Porque, si al final todo se resume en que "el fútbol es así", entonces cualquier entrenador vale lo mismo.
Y sabemos que no.
Precisamente por eso algunos cobran millones.
No porque controlen el azar.
Sino porque deberían reducirlo.
El verdadero problema de Uruguay no es haber quedado eliminado.
Eso sucede.
Lo preocupante es conformarnos con explicaciones que sirven para cualquier resultado.
El pensamiento contrafactual pregunta qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.
Yo prefiero otra pregunta.
¿Qué debemos hacer para que dentro de cuatro años no estemos escribiendo exactamente el mismo artículo?
Turismo e Inteligencia Artificial: el cambio de mentalidad que necesitan los emprendedores
El verdadero viaje comienza cuando cambia tu forma de pensar.
"No es la Inteligencia Artificial la que cambia tu negocio. Es la mentalidad con la que decides utilizarla."
Hay personas que llevan meses preguntándole a la Inteligencia Artificial cómo ganar más dinero. Otras le preguntan cómo escribir un correo, diseñar un folleto o responder un cliente. Y unas pocas le hacen una pregunta muy diferente: ¿cómo puedo crear más valor para quienes confían en mí?
Esa diferencia parece pequeña, pero cambia completamente el destino.
En turismo solemos creer que la competencia está en tener el mejor hotel, el restaurante más lindo o el paisaje más espectacular. Sin embargo, quienes recorremos destinos sabemos que los viajeros recuerdan mucho más cómo los hicieron sentir que la cantidad de estrellas de un alojamiento.
Con la Inteligencia Artificial ocurre exactamente lo mismo.
La tecnología no reemplaza la hospitalidad, la creatividad ni el compromiso. Tampoco sustituye la sonrisa de quien recibe a un visitante o la experiencia de un guía que conoce cada historia de su ciudad. Lo que hace es liberar tiempo para que las personas puedan dedicarse justamente a aquello que ninguna máquina puede ofrecer: empatía, criterio y relaciones humanas.
El problema nunca fue la tecnología.
Muchos pequeños emprendedores creen que necesitan más seguidores.
Otros piensan que necesitan un mejor celular, una cámara más cara o publicar todos los días.
En realidad, la mayoría necesita algo mucho más simple: detenerse a pensar.
Pensar quién es su cliente.
¿Qué problema resuelve?
Qué emoción deja después de cada venta.
Por qué alguien debería volver.
La Inteligencia Artificial responde mejor cuando nosotros hacemos mejores preguntas.
El nuevo turista también cambió.
Hoy un viajero compara precios en segundos, lee opiniones, consulta videos, pide recomendaciones y conversa con asistentes de IA antes de tomar una decisión.
Ya no alcanza con estar presente en internet.
Hay que ser relevante.
Y eso depende mucho más de la estrategia que de la tecnología.
El verdadero cambio es el "mindset"
Durante años se decía que quien no tuviera una página web desaparecería.
Después ocurrió lo mismo con las redes sociales.
Ahora sucede con la Inteligencia Artificial.
Pero quizá la pregunta correcta no sea si utilizamos IA.
La verdadera pregunta es si seguimos aprendiendo.
Porque la historia demuestra que las herramientas cambian una y otra vez. Lo que permanece es la capacidad de adaptarse.
Una decisión cotidiana
Cada mañana un emprendedor tiene dos opciones.
Puede abrir su negocio esperando que entren clientes.
O puede preguntarse qué puede hacer hoy para que más personas descubran el valor de lo que ofrece.
La Inteligencia Artificial no toma esa decisión.
La toma cada uno de nosotros.
Y tal vez ese sea el mayor aprendizaje de esta nueva etapa: el futuro no pertenece a quienes tienen la mejor tecnología, sino a quienes desarrollan la mejor actitud para aprender, cambiar y crear valor.
Porque, al final, el viaje más importante no es hacia otro destino.
Es hacia una nueva forma de pensar.
Recuerdemos que:
La Inteligencia Artificial no viene a reemplazar al turismo, a los emprendedores ni a las personas. Viene a desafiar nuestra forma de trabajar. En un sector donde las experiencias son el principal activo, el mayor diferencial seguirá siendo humano. La tecnología puede abrir puertas, pero son las personas quienes convierten un servicio en un recuerdo inolvidable.
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Jacobo Malowany
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Mis nietos no vivirán el mismo mundo que yo conocí
Mientras espero una cirugía que me recuerda que el tiempo no es infinito, observo el Mundial y me sucede algo extraño: cada vez me interesa menos el resultado de los partidos y más el destino de los países que representan.
Detrás de cada camiseta veo décadas de decisiones económicas, educativas y tecnológicas. Veo naciones que avanzan y otras que se estancan. Veo sociedades que generan prosperidad y otras donde la incertidumbre se ha vuelto una forma de vida.
Y no puedo evitar preguntarme qué lugar ocupará Uruguay en ese nuevo mapa del mundo que se está dibujando delante de nuestros ojos.
Hace cincuenta años, el sueño parecía sencillo. Estudiar, trabajar, formar una familia, comprar una casa, tener un automóvil y aspirar a una jubilación razonable. No era fácil, pero parecía posible.
Hoy no estoy seguro de que mis nietos puedan hacer el mismo recorrido.
Vivimos el final de una época.
La globalización nos trajo productos más baratos, más tecnología y una conexión inédita entre los pueblos. También permitió que millones de personas salieran de la pobreza. Pero al mismo tiempo generó una competencia feroz que puso en jaque empleos, industrias y certezas que parecían inamovibles.
Ahora llega una segunda ola todavía más poderosa: la inteligencia artificial.
Y por primera vez no amenaza solamente a quienes realizan tareas manuales. Amenaza a periodistas, diseñadores, administrativos, abogados, programadores, consultores y profesionales que durante años creyeron haber encontrado refugio en el conocimiento.
Lo más curioso es que la inteligencia artificial está produciendo una nueva uniformidad global.
Las imágenes se parecen.
Los textos se parecen.
Las campañas se parecen.
Las ideas se parecen.
A veces tengo la sensación de que conversamos cada vez más y pensamos cada vez menos.
Nos prometen prosperidad instantánea. Nos venden fórmulas mágicas para ganar dinero. Nos ofrecen éxito en treinta días, libertad financiera en noventa y riqueza sin esfuerzo. Nunca hubo tantos vendedores de sueños y, paradójicamente, nunca escuché tanta incertidumbre sobre el futuro.
En Uruguay seguimos discutiendo sobre competitividad, impuestos, Temu, salarios y costos de producción. Son debates necesarios. Pero sospecho que la verdadera discusión es otra.
¿Cómo vamos a construir una sociedad donde el trabajo cambia más rápido que la educación?
¿Cómo sostendremos los sistemas de seguridad social si cada vez menos personas tienen trayectorias laborales previsibles?
¿Cómo accederán los jóvenes a una vivienda cuando la estabilidad laboral deja de ser una garantía?
No tengo todas las respuestas.
Pero sí tengo una preocupación.
Quizás seamos la última generación que creció creyendo que viviría mejor que sus padres y la primera que duda seriamente de que sus hijos y nietos puedan decir lo mismo.
Por eso quiero preguntarles a los lectores:
¿Creen que los jóvenes de hoy vivirán mejor que nosotros?
¿Podrán comprar una casa?
¿Tendrán jubilación?
¿O estamos entrando en una nueva era donde la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para construir certezas?
Me interesa leerlos.
Porque tal vez el futuro ya llegó y todavía no terminamos de entenderlo.
Mi Mundial contra el cáncer: cuando la vida también te convoca a jugar
El cáncer y el Mundial
El Mundial ya empezó.
Ya están rodando las primeras pelotas, aparecieron las primeras sorpresas, los primeros favoritos que no jugaron tan bien como prometían y los primeros equipos pequeños que demostraron que, a veces, el presupuesto no alcanza para explicar un partido.
Mientras medio planeta mira el Mundial, yo estoy por jugar otro encuentro.
Porque la fe humana funciona así.
Uno mira a su selección y piensa: "¿Por qué no?". Aunque sepa que hay equipos más fuertes, presupuestos más grandes y jugadores que ganan en una semana lo que una familia no ganará en toda una vida. Sin embargo, durante un mes entero, un país se convence de que puede llegar hasta el final.
Con el cáncer pasa algo parecido.
Nadie elige jugar este campeonato. Un día te llega la convocatoria sin haberla pedido. No hay conferencia de prensa, ni presentación oficial, ni camiseta nueva. Simplemente alguien te dice que estás adentro y que el torneo acaba de empezar.
También hay favoritos y desfavorecidos. Hay quienes tienen acceso a los mejores tratamientos y quienes deben pelear cada autorización, cada estudio y cada medicamento. Como en el fútbol, el presupuesto importa. Mucho más de lo que nos gustaría admitir.
Esta semana paso a una nueva fase de mi tratamiento. El miércoles me operan. Habrá CTI, habrá días de internación y habrá incertidumbre. He decidido asumir el costo de una opción que me permita una mejor calidad de atención y de recuperación. No todos pueden hacerlo. Y eso me hizo pensar en esos países pequeños que llegan al Mundial con jugadores semiprofesionales para enfrentar a potencias llenas de estrellas.
Leía que algunos futbolistas de Nueva Zelanda mantienen trabajos comunes además de jugar. No viven en una burbuja de millones. Aun así, salen a la cancha. Corren igual. Sueñan igual.
Y eso tiene algo profundamente humano.
Porque el cáncer tampoco distingue demasiado. Le puede tocar al multimillonario, al trabajador, al deportista de élite o al vecino de la esquina. Después, claro, aparecen las diferencias de recursos. Pero el miedo, la incertidumbre y la esperanza son bastante democráticos.
Hay otra similitud.
Ni el cáncer ni el Mundial vienen con resultado garantizado.
Y este Mundial me regaló además una metáfora inesperada.
Durante años discutimos si el VAR era bueno o malo para el fútbol. Algunos dicen que le quitó espontaneidad al juego. Otros sostienen que ayudó a corregir errores que podían cambiar la historia de un partido. Lo cierto es que llegó para observar mejor.
El miércoles entraré a quirófano y, curiosamente, mi operación también tendrá su propio VAR. La cirugía será asistida por video, con cámaras y tecnología que permitirán a los médicos observar detalles imposibles de apreciar de otra manera. Mientras en una cancha se revisa una jugada para decidir si hubo un fuera de juego o un penal, en un quirófano se revisan imágenes para tomar decisiones que pueden cambiar un partido mucho más importante.
Nunca imaginé que terminaría agradeciendo la existencia del VAR.
Los médicos pueden hablar de probabilidades. Los analistas deportivos también. Pero nadie sabe realmente cómo termina la historia. Si lo supiéramos, no habría emoción. Ni en el estadio ni en la sala de espera.
Por eso me gusta pensar que estoy jugando mi propio Mundial.
No porque me sienta un héroe. Los héroes son personajes de películas y normalmente terminan hablando demasiado. Yo me conformo con ser un tipo que intenta pasar de ronda.
A veces se gana jugando bien. A veces se gana jugando mal. A veces un penal cambia todo. A veces una biopsia trae una noticia inesperada. A veces la suerte ayuda. A veces no.
Y sin embargo seguimos.
Seguimos porque la fe es una de las pocas cosas que todavía no lograron reemplazar ni los algoritmos, ni la inteligencia artificial, ni los pronósticos médicos, ni las casas de apuestas.
La fe es eso que hace que un país entero crea que puede ser campeón.
Y también es eso que hace que una persona mire un diagnóstico complicado y piense, simplemente:
"¿Por qué no yo?"
El Niño en Uruguay: cómo afecta al turismo, el clima y los destinos del país
El Niño vuelve a escena: qué significa para Uruguay y cómo puede impactar al turismo
La confirmación del regreso del fenómeno climático El Niño ha encendido nuevamente las alertas y las expectativas en todo el mundo. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) confirmó que las condiciones oceánicas ya muestran señales claras del fenómeno, mientras que especialistas uruguayos prevén que sus efectos comenzarán a sentirse con mayor intensidad durante la primavera y el inicio del verano austral.
Para Uruguay, El Niño no es una novedad. Su historia reciente muestra episodios que dejaron lluvias abundantes, crecidas de ríos, inundaciones localizadas, pero también temporadas turísticas con temperaturas agradables y una recuperación hídrica clave para el país.
¿Qué es El Niño?
El Niño es la fase cálida del fenómeno conocido como ENSO (El Niño-Oscilación del Sur). Se produce cuando las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial se calientan por encima de lo normal, alterando la circulación atmosférica global y modificando los patrones de lluvias y temperaturas en distintas regiones del planeta.
En Uruguay, históricamente está asociado a:
- Temperaturas superiores a lo normal.
- Mayor frecuencia de lluvias durante primavera y verano.
- Incremento de eventos de precipitaciones intensas.
- Menor probabilidad de sequías severas.
¿Cómo afectó anteriormente a Uruguay?
Los registros climáticos muestran que los eventos fuertes de El Niño suelen generar un aumento significativo de las precipitaciones en el sur de Brasil, Argentina y Uruguay. Durante los grandes episodios de 1997-1998 y 2015-2016 se registraron lluvias por encima de los promedios históricos en gran parte del territorio nacional.
Según INUMET y especialistas de la Universidad de la República, el impacto más evidente aparece entre octubre y diciembre, cuando las lluvias suelen ubicarse por encima de los valores normales, especialmente al norte del Río Negro.
El contraste con La Niña es muy claro. La reciente sequía de 2022-2023, una de las más graves registradas en el país, estuvo vinculada a condiciones de La Niña y provocó pérdidas superiores a los 1.000 millones de dólares, además de la crisis de abastecimiento de agua potable en el área metropolitana.
¿Beneficia o perjudica al turismo?
La respuesta es ambas cosas.
Los beneficios
1. Menor riesgo de sequía en destinos naturales
La recuperación de lagunas, humedales, arroyos y áreas protegidas suele favorecer actividades de naturaleza, observación de aves, turismo rural y ecoturismo.
Destinos como:
- Esteros de Farrapos
- Quebrada de los Cuervos
- Laguna de Rocha
- Bañados del Este
suelen beneficiarse cuando existe disponibilidad hídrica adecuada.
2. Paisajes más verdes
Los operadores de turismo rural coinciden en que los años húmedos mejoran la calidad paisajística de las estancias turísticas, viñedos y establecimientos de turismo de naturaleza.
3. Veranos menos extremos en algunas zonas
Aunque El Niño eleva las temperaturas medias, también puede generar mayor frecuencia de tormentas que moderan los períodos prolongados de calor extremo.
4. Recuperación de la producción vitivinícola y agropecuaria
Un mejor escenario hídrico favorece indirectamente al turismo enológico y gastronómico, sectores cada vez más relevantes para departamentos como Canelones, Colonia y Maldonado.
Los riesgos para el turismo
1. Inundaciones y afectación de infraestructura
Las lluvias excesivas pueden provocar:
- Cortes de rutas.
- Problemas en accesos a balnearios.
- Suspensión de actividades al aire libre.
- Daños en infraestructura turística.
Las ciudades ribereñas sobre el Río Uruguay suelen ser especialmente sensibles durante episodios intensos.
2. Menor cantidad de días de playa
Si las precipitaciones se concentran en verano, los principales destinos de sol y playa pueden ver reducida la cantidad de jornadas plenamente aprovechables para turistas.
3. Costos operativos más altos
Hoteles, campings y operadores de actividades náuticas enfrentan mayores costos de mantenimiento cuando aumentan las lluvias y la humedad.
¿Qué ocurrió en los últimos eventos?
Durante el fenómeno 2015-2016, considerado uno de los más fuertes de la historia moderna, Uruguay registró precipitaciones extraordinarias que provocaron inundaciones en varios departamentos y obligaron a evacuar miles de personas. Sin embargo, el sector agropecuario logró recuperarse rápidamente tras años anteriores más secos.
En contrapartida, tras la prolongada sequía asociada a La Niña entre 2020 y 2023, gran parte del sector turístico vinculado a la naturaleza reclamó la recuperación de cursos de agua y paisajes afectados por el déficit hídrico.
Lo que espera Uruguay para 2026-2027
La presidenta de INUMET, Madeleine Renom, y especialistas de la Facultad de Ciencias coinciden en que el mayor impacto del actual episodio de El Niño podría sentirse durante la primavera de 2026 y comienzos del verano 2027, con lluvias superiores a lo normal y temperaturas más elevadas. Algunos modelos incluso sugieren la posibilidad de un evento fuerte o excepcional.
Una oportunidad para el turismo regenerativo
Más allá de las amenazas, El Niño vuelve a recordar una realidad que el turismo uruguayo ya comenzó a asumir: la adaptación climática será una ventaja competitiva.
Los destinos que incorporen infraestructura resiliente, gestión del agua, movilidad sostenible y propuestas vinculadas a la naturaleza estarán mejor preparados para aprovechar los beneficios de los ciclos climáticos y reducir sus impactos negativos.
Porque si algo ha demostrado Uruguay en las últimas décadas es que el clima ya no es únicamente una variable meteorológica: también es un factor económico, social y turístico que condiciona el futuro de los destinos.
Fuentes
- Instituto Uruguayo de Meteorología (INUMET).
- NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration). Referenciada por INUMET y especialistas uruguayos.
- Facultad de Ciencias – Universidad de la República. Declaraciones de Marcelo Barreiro.
- Mario Bidegain, meteorólogo uruguayo.
- MetSul y análisis climáticos regionales.
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