El virus uruguayo: ese mal que atiende bien y no hace conferencia

No sé si esta nota suma a la promoción país. Tal vez debería consultarlo con Pablo Menoni nuestro ministro de Turismo. Y como comunicador responsable, lo haré. Porque cuando alguien con cámara acusa al sistema de salud de un país, no está opinando sobre una sombrilla en la playa.

Ahora bien.

Cuando escuché hablar del “virus uruguayo”, no miré un termo. Miré una copa de Tannat. Porque si este país contagia algo, suele ser carácter, previsibilidad y una calma institucional que incomoda a quienes viven del sobresalto.

Estoy en tratamiento médico complejo en Uruguay. Urgente. Tecnológicamente exigente. Y recibo atención de excelencia. No hablo desde un eslogan turístico; hablo desde la experiencia personal. Equipamiento de última generación, protocolos modernos, médicos que trabajan más de lo que declaran.

Si este es el virus, que no inventen la vacuna.

Alberto Samid reapareció agradeciendo estar vivo y, en el mismo suspiro, explicó que sobrevivió a pesar de Uruguay. Un milagro geopolítico: te atienden, te estabilizan, te trasladan… pero el héroe lo logra solo cruzando el charco.

El relato incluyó avión sanitario, dramatismo épico y una advertencia turística inversa: si algo te pasa en Uruguay, corré. Curiosa recomendación viniendo de alguien que necesitó permiso judicial para salir de su país y que alguna vez fue detenido en Belice mientras intentaba esquivar una condena.

La pirueta retórica es interesante: te atienden, te estabilizan, gestionan tu traslado… pero el problema era el país.

El mismo país al que llegan miles de argentinos cada año. No solo a mirar el mar en Punta del Este, sino a vivir. Maldonado y Colonia no cambiaron su mapa demográfico por accidente. Cambiaron porque hubo decisión de residencia. Y nadie se muda donde desconfía de la salud, la educación o la estabilidad.

El “virus uruguayo”, entonces, ¿qué sería?
¿Institucionalidad que funciona sin épica?
¿Clínicas que reciben figuras argentinas desde hace décadas, incluyendo a Diego Maradona en momentos críticos?
¿Profesionales que no convierten cada guardia en un monólogo televisivo?

Que en ese sanatorio de Uruguay, el mismo donde se atienden empresarios, artistas y figuras políticas argentinas desde hace años, funcionan equipos de alta complejidad, protocolos internacionales y profesionales formados al más alto nivel. Allí no se improvisa ni se actúa para la cámara; se trabaja con tecnología actualizada y criterio médico. No es un decorado turístico frente al mar: es una institución elegida por quienes, cuando la salud está en juego, buscan certeza y no relato.

Y, sin embargo, se fue rápido porque —según contó— un conocido le dijo que “la semana pasada murieron dos personas”. Como si la existencia de fallecimientos fuera una anomalía exótica y no la realidad inevitable de cualquier centro de alta complejidad del mundo. Si un hospital pudiera exhibir el cartel de “cero muertes”, no sería un hospital: sería una leyenda urbana. Ni siquiera en The Pitt —donde todo está guionado— la medicina funciona sin riesgo. Convertir la tragedia puntual en argumento estructural no es análisis; es superstición con micrófono.

Quizás el virus sea la previsibilidad. Y eso suele provocar irritación en quienes necesitan antagonistas permanentes.

Por último, busqué tu X de referencia para mi mensaje.

Peronista de toda la vida.
Hincha de Boca, de Gardel y de Ford.
Combatiente histórico de gorilas.

Una biografía intensa.

Ahora bien, ser peronista no otorga título en epidemiología. Ser hincha de Boca no habilita auditorías sanitarias internacionales. Y admirar a Gardel no convierte cada declaración en tango dramático.

Combatir “gorilas” durante décadas puede ser una vocación política. Combatir hospitales, en cambio, es una disciplina nueva.

La identidad partidaria es respetable. El folclore futbolero también. Pero cuando la salud entra en escena, la épica ideológica debería tomarse un descanso. Porque los quirófanos no preguntan filiación, y los tomógrafos no funcionan mejor según la camiseta.

Decir que todo es viejo, que no hay nada moderno, que el sistema no sirve, puede rendir en redes. No necesariamente resiste contraste.

El verdadero coraje no está en pelear con fantasmas ideológicos. Está en hablar con responsabilidad cuando miles de personas depositan su confianza en instituciones reales.

Y si la vida te dio una segunda oportunidad, quizás el mejor combate no sea contra “gorilas”, sino contra la exageración.

A veces, el silencio también es revolucionario.

Resulta curioso que quien protagonizó una pelea televisiva histórica con Mauro Viale hoy adopte tono de inspector sanitario internacional. La televisión argentina produjo personajes memorables. Uruguay, en cambio, suele producir silencio operativo.

El capítulo del avión sanitario merece párrafo aparte. Porque cuando existen recursos, la logística privada en el Río de la Plata no es una hazaña técnica. Pero el dramatismo tiene mejor rating que la gestión discreta.

No voy a discutir diagnósticos clínicos. Sí puedo cuestionar la liviandad. Hablar de salud pública no es comentar un restaurante o una bodega. Es tocar la confianza colectiva.

Hoy miles de argentinos viven, invierten y se atienden en Uruguay. No parecen estar huyendo de ningún virus.

Tal vez el verdadero contagio sea otro: convertir cada experiencia personal en un acto de propaganda donde siempre hay un culpable externo.

Mientras tanto, el supuesto virus uruguayo sigue haciendo lo suyo:
Trabaja, atiende, cura, mira el mar sin conferencia de prensa.

Yo, por ahora, sigo “infectado”.
Y francamente, no suena tan grave.

Las identidades son legítimas. Lo que no siempre es legítimo es transformar una experiencia médica en discurso épico. Los quirófanos no preguntan afiliación y los equipos no funcionan por consigna.

Y ahora entiendo lo de Ford. Claro, el de los autos. Para escapar rápido, siempre conviene un buen motor.  Jacobo Malowany. Por si lo lees, te doy derecho a replica. 

Fui arrobado en X por la polémica y, al conocer a Remo desde hace años, entendí que el debate va más allá de una foto. Las redes no solo muestran lo que hacemos; exigen coherencia. En una era donde cada publicación genera juicio público, reconocer un error y asumir responsabilidades construye credibilidad. También se abre otro dilema: cómo narrar visualmente un episodio así. ¿Ilustrar con la imagen del error o con una fotografía institucional? En una columna de opinión, elegir una foto neutra permite poner el foco en la reflexión y no en el impacto. Informar no implica amplificar; el equilibrio entre transparencia y proporcionalidad también forma parte de la ética de noticiasydestinos.

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Vivimos en una época en la que el límite entre lo privado y lo público se volvió poroso. Una foto, un comentario o un gesto pueden trascender en segundos el círculo íntimo y convertirse en debate nacional. Las redes sociales no son solo plataformas de expresión: funcionan como espacios de exposición permanente y, para quienes han ocupado cargos públicos o poseen notoriedad social, también como escenarios de rendición de cuentas.

El reciente episodio del exsubsecretario de Turismo, Remo Monzeglio, lo ilustra con claridad. Tras compartir en X una imagen junto a un tiburón martillo capturado en aguas de Sauce de Portezuelo, recibió cuestionamientos públicos y optó por borrar la publicación. Luego dio un paso más: se autodenunció ante la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (Dinara), la Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama) y la Dirección Nacional de Calidad y Evaluación Ambiental (Dinacea), al entender que podía tratarse de una especie protegida.

Más allá de la discusión técnica —si la especie Sphyrna zygaena está o no alcanzada por una prohibición expresa en pesca deportiva—, el gesto abre un debate mayor: ¿qué se espera hoy de quienes tienen visibilidad pública? ¿Dónde termina la vida personal y comienza la responsabilidad ética ampliada?

La ética en tiempos digitales

La filosofía moderna, desde Kant hasta Habermas, insistió en la idea de responsabilidad frente al otro. No se trata solo de cumplir la ley, sino de actuar de manera que nuestra conducta pueda sostenerse ante la mirada pública. En la era digital, esa “mirada” dejó de ser abstracta: es inmediata, colectiva y activa. Cuando menciono a Jürgen Habermas no lo hago como una cita distante, sino como una referencia que me acompañó en distintas lecturas sobre comunicación y vida pública. Su concepto de “espacio público” —ese ámbito donde las acciones deben poder explicarse y sostenerse ante los demás— cobra hoy una vigencia contundente. Las redes sociales son, en muchos sentidos, una extensión de ese espacio: allí no solo opinamos, también quedamos expuestos al diálogo, a la crítica y a la necesidad de justificar lo que hacemos.

Publicar no es un acto neutro. Es una declaración. Cuando alguien con trayectoria en la gestión pública comparte una imagen vinculada al ambiente, la sociedad no evalúa solo la acción puntual; interpreta el mensaje simbólico. La coherencia entre discurso y práctica se convierte en capital reputacional.

Monzeglio expresó: “Uno puede equivocarse. Lo que no debe hacer es evadir responsabilidades”. Esa frase conecta con una ética contemporánea que valora la transparencia y el reconocimiento del error por encima del silencio defensivo. Autodenunciarse no borra el hecho, pero envía una señal: asumir consecuencias forma parte del liderazgo.

¿Qué es legal y qué es legítimo?

El caso también revela una tensión frecuente: lo permitido por la norma no siempre coincide con lo socialmente aceptado. Según especialistas, el tiburón martillo —familia Sphyrnidae— está catalogado con alta prioridad de conservación. Existen resoluciones que prohíben su retención en determinados contextos, especialmente en pesquerías industriales. En pesca deportiva, el marco puede ser menos explícito.

Sin embargo, la ética pública va más allá del mínimo legal. Hoy la sociedad exige sensibilidad ambiental, incluso cuando la norma no establece una prohibición absoluta. La conversación ya no se agota en “¿es legal?”, sino que avanza hacia “¿es coherente con los valores que decimos defender?”.

Redes sociales: vitrina y tribunal

Las plataformas digitales democratizaron la opinión. Antes, el debate se limitaba a columnas periodísticas o cafés. Ahora cada publicación puede convertirse en foro abierto. Esto tiene riesgos —juicios apresurados, polarización— pero también fortalezas: promueve mayor control ciudadano y obliga a revisar prácticas naturalizadas.

Quien elige la exposición pública debe aceptar que cada contenido genera interpretación. La transparencia no es solo una estrategia comunicacional; es una forma de convivencia democrática.

¿Debemos exponer nuestra vida?

No todo debe compartirse. La cultura de la hiperexposición instala la idea de que cada experiencia necesita validación externa. Sin embargo, la prudencia sigue siendo una virtud. Antes de publicar conviene formular tres preguntas simples:

  1. ¿Respeta la ley?

  2. ¿Respeta valores colectivos como el cuidado ambiental o la dignidad de otros?

  3. ¿Estoy dispuesto a sostener públicamente esta decisión?

Si alguna respuesta genera duda, quizá el silencio sea más sabio que el clic.

Una lección más amplia

El episodio no se reduce a una fotografía en una lancha frente a la costa de Maldonado. Habla de una transformación cultural: las figuras públicas —y en parte todos nosotros— vivimos en un espacio donde ética, imagen y acción convergen.

Hoy rendir cuentas no es solo comparecer ante una oficina estatal. Es comprender que cada publicación construye identidad. La coherencia entre lo que hacemos y lo que mostramos define la credibilidad.

En tiempos digitales, la ética dejó de ser un concepto abstracto. Se juega en cada gesto cotidiano. Y actuar con responsabilidad no limita la libertad; la ennoblece.

Con autorización de la autora Silvana Tanzi  redactora de  Algo que quiero contartenewsletter de temas culturales del semanario Búsqueda

Con la expresa autorización de su autora, compartimos este gran artículo que reflexiona sobre el arte, la anticipación y el tiempo. Como escribió Fernando Pessoa, “La ciencia describe las cosas como son; el arte como son sentidas, como se siente que deben ser”.

En estas páginas, la mirada recorre a escritores, cineastas y pensadores que, desde la intuición y la imaginación, supieron leer el presente con una profundidad tal que sus obras parecieron adelantarse al futuro. No se trata de profecías ni de magia, sino de sensibilidad, inteligencia y capacidad de observar lo invisible antes de que se vuelva evidente.

 

La lectura que sigue invita a pensar nuestro tiempo —y también el que vendrá— a través de la literatura, la filosofía y la cultura contemporánea.

La ciencia describe las cosas como son; el arte como son sentidas,

como se siente que deben ser.

 

(Fernando PessoaAforismos y afines)

Ni videntes ni pitonisas ni brujos: son artistas. En la historia han surgido poetas, narradores, pintores o cineastas cuyas obras, a veces sin proponérselo, se anticiparon al futuro. Su arma más potente ha sido la imaginación, pero también su gran intuición e inteligencia para leer el presente y captar lo invisible, lo que se manifestará con el tiempo.

 

El historiador y teórico de arte alemán Aby Warburg (1866-1929) conceptualizó en la palabra Nachleben (supervivencia/pervivencia) las formas, gestos e imágenes de la Antigüedad que sobrevivieron y reaparecieron en el arte de épocas posteriores. Para él la historia no era lineal, sino una especie de “remolino” con desapariciones, transformaciones y resurgimientos de expresiones artísticas.

 

Una variación del concepto del tiempo plantea la novela Los recuerdos del porvenir, de la escritora mexicana Elena Garro (1916-1998), uno de los títulos más atractivos y simbólicos de la literatura latinoamericana. En su historia, los habitantes de Ixtepec viven estancados en un eterno presente, marcado por la posrevolución y la violencia de la guerra cristera, y recuerdan su futuro como algo ya sucedido. Así, la memoria y la anticipación se convierten en una misma experiencia.

 

Si todo tiempo es eternamente presente / todo tiempo es irredimible, dice un poema de T. S. Eliot, que bien se podría aplicar a la novela de Garro.

 

Otros artistas se interesaron por los avances científicos y tecnológicos de su época y con su imaginación desbordante pensaron en el futuro. El nombre más obvio es el de Julio Verne (1828-1905), un escritor del siglo XIX que con una creatividad enorme como una nave fue capaz de pensar el siglo XX. Además de las obras más conocidas, como De la Tierra a la Luna o Veinte mil leguas de viaje submarino, tuvo sus “recuerdos del porvenir” en una novela que terminó de escribir hacia fines de 1863, fue rechazada por su editor y publicada décadas después de su muerte. Su título: París en el siglo XX.

 

En esta historia aparecen varios adelantos visionarios: vehículos impulsados por motores de combustión, trenes de alta velocidad, rascacielos de hierro y vidrio, iluminación eléctrica y redes de comunicación similares al fax y a la transmisión instantánea de documentos. Además, describió una economía dominada por la industrialización y una sociedad mecanizada, en la que las humanidades y las artes están relegadas frente a la ciencia y la técnica.

 

El editor rechazó la novela por considerarla poco atractiva en su escritura y demasiado pesimista. El manuscrito quedó guardado y cuando la familia lo publicó en 1964, la sociedad era muy parecida a como Verne la había pensado.

 

Para Véronique Bedin, prologuista de París en el siglo XX, releer a Julio Verne es recordar que la razón y la poesía “abren las puertas del futuro”.

 

Otra “puerta hacia el futuro” abrió el escritor estadounidense Mark Twain (1835-1910), quien en algunas de sus obras utilizó la ficción especulativa en forma satírica para cuestionar aspectos políticos, religiosos o morales de su tiempo. Entre sus relatos satíricos publicó uno titulado Extracto del Times de Londres de 1904 (publicado en 1898), en el que relata, como si fuera la nota de un diario, el juicio a un hombre acusado de asesinato que termina en ejecución, aunque el supuesto asesinado sigue vivo y el tribunal lo sabe.

 

Lo futurista del relato está en la invención de Twain: el telelectroscopio. Este aparato conecta todas las ciudades del mundo por la red telefónica y permite ver y escuchar en tiempo real lo que ocurre en cualquier lugar. Así, en todos los rincones se presencia lo injusto del juicio, lo que provoca la furia de los espectadores.

 

Twain imaginó las telecomunicaciones globales varias décadas antes de que existieran; también la indignación detrás de una pantalla. Aquí está el cuento en inglés, y en esta revista argentina, que es una reliquia, se puede leer en español.

 

En el siglo XV, Leonardo da Vinci (1452-1519) dibujó armas y fortificaciones impensadas en su época y hasta el antecedente del helicóptero y del traje submarino. Otros artistas no pensaron en tecnología, pero sí en la condición humana, como Albert Camus (1913-1960), quien anticipó en La peste (1947) conductas que se vieron en la pandemia del covid-19.

 
 
 

 

“¿Será cierto, @grok?”, preguntan cada vez más los usuarios de X (Twitter) al asistente de inteligencia artificial generativa Grok. Creado por xAI, la empresa de Elon Musk, este chatbot fue diseñado para ofrecer respuestas rápidas y es cada vez más eficaz. Los usuarios le preguntan todo como si fuera un vidente, incluso lo que pueden verificar por sí mismos. Le han llegado a consultar si es correcta o no una opinión; también algunas bajezas, como desnudar a mujeres que están en una foto, lo que provocó polémicas que llevaron a que se limitara su alcance.

 

La palabra grok apareció en la obra de ciencia ficción Forastero en tierra extraña (1961), del escritor estadounidense Robert A. Heinlein, con el significado de comprender algo de manera profunda. Sin embargo, según explicó el propio Musk, la obra que inspiró su chatbot fue Guía del autoestopista galáctico (1979), una novela de ciencia ficción del escritor inglés Douglas Adams, sobre la demolición de la Tierra para construir una autopista hiperespacial. La intención de Musk es que Grok funcione como una especie de guía moderna que tenga su grado de certeza en los datos, pero también cierto humor.

 

¿Será cierto, @grok?

 

Mi nombre es Silvana Tanzi y esta es una nueva entrega de Algo que quiero contartenewsletter de temas culturales. Si querés escribirme con tus comentarios, podés hacerlo a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 
 
 
 

 

Personajes de Futurama, serie de Matt Groening ambientada en el año 3000. 

 

Te propongo prestar atención al año 1984. Sí, es un año orwelliano, porque así se titula la novela de George Orwell1984, a la que es imposible no referirse cuando se piensa en distopías y cuando se piensa en el presente. Pero también en ese año la escritora estadounidense Margaret Atwood estaba escribiendo a mano una novela. En ese momento vivía en Berlín occidental y la ciudad estaba dividida por un muro infame. Su novela aún no tenía título, pero se publicó un año después y se llamó El cuento de la criada.

 

Pero volvamos a la ciudad dividida. Atwood viajó por países del mundo soviético, detrás del muro infame, y todo lo que vio y sintió alimentó lo que estaba escribiendo. “Como nací en 1939 y mi conciencia se formó durante la II Guerra Mundial, sabía que el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana (...). No se podía confiar en la frase: ‘Esto aquí no puede pasar’. En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lado (...)”. Esta reflexión de Atwood aparece en el prólogo a la reedición de 2017 de su novela, cuando también se estrenó la serie El cuento de la criada, protagonizada por Elisabeth Moss. El 2017 es otro año a tener en cuenta.

 
 
 

 

En su novela, Atwood no quería incluir ningún aparato tecnológico imaginario, su preocupación era hacer referencia a hechos que hubieran ocurrido en la historia y convencer a los lectores de que en Estados Unidos podría ocurrir un golpe de Estado que cambiara la democracia liberal por una dictadura. Eso es lo que sucede en El cuento de la criada: la República de Gilead se instala como una dictadura teocrática que elimina la Constitución y el Congreso de los Estados Unidos. El régimen ejerce represión y miedo, caza a las mujeres fértiles (en momentos de infertilidad debido a una catástrofe ambiental), las viste como criadas con un atuendo rojo y blanco, les quita su identidad y las hace vivir en casas de la elite religiosa para que los hombres las fecunden.

 

La protagonista, Defred, lo registra todo a escondidas y lo oculta. Así la escritura se vuelve una forma de resistencia. “Es un acto de esperanza: toda historia registrada presupone un futuro lector”, dice Atwood.

 
https://youtu.be/KSBo2ULgYf8
 
 

 

Para la escritora, la suya no fue una novela premonitoria; sin embargo, en 2017, año en que escribió el prólogo para la nueva edición, Donald Trump ganó las elecciones y Atwood señaló: “En este clima de división, en el que parece estar al alza la proyección del odio contra muchos grupos, al tiempo que los extremistas de toda denominación manifiestan su desprecio a las instituciones democráticas, contamos con la certeza de que, en algún lugar, alguien —mucha gente, me atrevería a decir— está tomando nota de todo lo que ocurre a partir de su propia experiencia”.

 

Hoy se podría decir que El cuento de la criada sí fue una novela premonitoria para Estados Unidos, donde se están viviendo situaciones cercanas a la distopía. ¿Será esto cierto, @grok?

 

Primero Nosotros, después, 1984

 

No se necesita explicar que una situación es kafkiana o borgeana o shakespeariana. Tampoco cuando es orwelliana. El escritor británico George Orwell (1903-1950) no da respiro en su novela distópica de denuncia política. Cuando la terminó de escribir en 1948 (la publicó un año después), pensó en el régimen soviético, pero también se proyectó hacia el futuro. Entonces, dio vuelta los dos últimos dígitos del año en el que estaba, y así surgió 1984, una novela que, aunque rechazada en su momento, censurada en la URSS y en algunos países occidentales, logró lo que solo los clásicos logran: volverse universal y siempre vigente.

 
 
 

 

Pero así como la distopía de Atwood tiene un ambiente muy orwelliano, para escribir 1984 Orwell se inspiró en Nosotros, una novela publicada en 1921 por el ruso Yevgueni Zamiatin (1884-1837). Este escritor de ciencia ficción y sátiras, que además era ingeniero, periodista de opinión y dramaturgo, sufrió persecución y cárcel, primero por el régimen zarista y luego, tras la revolución de 1917, por parte de los bolcheviques. En 1932 emigró a Francia y allí permaneció hasta su muerte.

 

En Nosotros, su protagonista está atrapado en una ciudad de cristal donde rige el Estado Único. El narrador-personaje lleva el nombre D-503 porque en ese mundo no existe un “yo” con identidad propia, sino solo un “nosotros”. La novela adopta la forma de diario íntimo, que es el que va escribiendo D-503. El personaje, que es ingeniero, está construyendo una nave interestelar que deberá llevar al universo “el bienaventurado yugo de la razón”.

 

En 1946, George Orwell reseñó Nosotros para la revista Tribune. Allí la elogió como una de las obras literarias más importantes del siglo XX y destacó la intuición de Zamiatin para captar el régimen totalitario que se avecinaba.

 
 
 

 

Igual que D-503, Winston Smith, protagonista de 1984, escribe y registra sus reflexiones a escondidas del ojo del Gran Hermano que todo lo ve. Algo diferente hace en el Ministerio de la Verdad donde trabaja. Su tarea es reescribir constantemente la historia, borrar las referencias a personas asesinadas o desaparecidas, modificar los diarios y los libros.

 

“Su mente se deslizó por el laberíntico mundo del doblepensar. Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica”.

 

¿Te suena a algo del presente, @grok?

2 + 2 = 5

 

La novela de Orwell tuvo una versión cinematográfica en 1956 dirigida por Michael Anderson. Pero la más aclamada es, justamente, de 1984, dirigida por Michael Radford y protagonizada por John Hurt, brillante como Winston, y Richard Burton, que mete miedo como intermediario del Gran Hermano.

 
 
 

 

Que Orwell fue un hombre de una gran visión política no hay dudas. Solo hay que ver las señales orwellianas que van y vienen en la historia. No sé si te pasa lo mismo, pero ahora parecen reproducirse.

 

El cineasta Raoul Peck (Puerto Príncipe, 1953) ha visto esas señales, entonces hizo un documental. Se titula Orwell: 2 + 2 = 5, fue presentado en el Festival de Cannes y tiene fecha de estreno a fines de febrero. Peck huyó de la dictadura de François Duvalier en Haití con su familia cuando era niño, creció en el Congo y después emigró a Berlín, donde estudió en la Academia Alemana de Cine y Televisión. Su nombre se hizo famoso por su documental nominado al Oscar I am not your negro (2016), sobre el racismo en Estados Unidos. El guion lo elaboró a partir del libro inconcluso de James Baldwin.

 

Ahora Peck elige un momento terrible de la novela 1984, cuando a Winston —encarcelado y torturado— le piden reiteradamente que diga cuánto es 2 + 2. Su respuesta es siempre 4, hasta que lo hacen dudar tanto de su percepción y conocimiento, de lo que es y no es verdad, que termina diciendo que 2 + 2 = 5. Peck plantea en su documental que la distopía creada por Orwell ya no es un pronóstico, sino que ahora mismo se está viviendo el doblepensar, la permanente vigilancia, las dudas constantes sobre la verdad. Aquí te dejo el tráiler.

 
 
 

 

En este momento estoy sin palabras, @grok, necesito un poco de humor.

 

 

Futurama: hacia el año 3000

 

¿Qué pasaría si un repartidor de pizza del siglo XX despertara en el año 3000 después de estar congelado criogénicamente? Pasaría Futurama, la serie de animación satírica de Matt Groening (creador de Los Simpson), que sigue a Philip J. Fry, el repartidor de pizza que despierta en una Nueva York con alienígenas, mutantes, robots, viajes espaciales y alta tecnología.

 

Igual que en Los Simpson, Groening desliza su crítica social a través del humor absurdo y ácido. La sociedad del año 3000 de Futurama es un reflejo irónico del presente: su mundo hipertecnificado es caótico y burocrático. Muy reconocible.

 

Detrás de su historia hay matemáticos y físicos que le dieron coherencia al hilo argumental futurista, pero también la serie tiene cantidad de referencias filosóficas. La genialidad de Groening y de sus guionistas está en hacer humor a partir de esa lógica argumentativa.

 

La serie comenzó en 1999, alcanzó 12 temporadas en 2024 y posiblemente haya más. Es difícil elegir un capítulo ilustrativo, pero me encanta este sobre el contradictorio Día de la Libertad.

 
 
 

 

Datos insuficientes para una respuesta significativa

 

“La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha entre dos hombres que bebían cerveza”.

 

Así comienza el cuento La última pregunta, de Isaac Asimov (1920-1992), publicado en 1956. En su historia, hay una pregunta que los humanos le hacen en distintas épocas a las computadoras, cada vez más avanzadas e inteligentes: “¿Cómo puede revertirse la entropía del universo?”. La entropía es la degradación inevitable de la energía, lo que implicaría el fin del universo.

 

Toda vez que se formula la pregunta, la máquina responde: “Datos insuficientes para una respuesta significativa”. Las computadoras van creciendo en inteligencia y tienen diferentes nombres; la primera es Multivac y la última Cosmic AC. Es esta la que resolverá la interrogante.

 

¿Te sentís identificado, @grok, con esta inteligencia artificial que dialoga con los humanos?

 

Te voy a anticipar el final del cuento, que en realidad ya está implícito en el comienzo. Cuando el universo llega a su fin, solo queda el Cosmic AC fuera del espacio y del tiempo. Entonces la máquina encuentra la respuesta: “¡Hágase la luz!”. Y de esta forma se recrea el universo.

 

Y para vos, ¿cuál sería tu última pregunta?

 

 

Antes de despedirme, te dejo como recomendación esta entrevista de Javier Alfonso a Jorge Esmoris, que tiene en escena su obra LED; por otro lado, y a propósito de distopías, se estrenó Aún es de noche en Caracas; te invito a verla con alguien de Venezuela.

 

Hay proyectos que se anuncian con cifras. Y hay otros —menos frecuentes— que se anuncian con una idea de futuro. El Águila pertenece a este segundo grupo. No porque ignore la escala económica, sino porque la trasciende. Lo que está en juego no es solo una inversión de largo aliento, sino la posibilidad real de redefinir cómo se vive, se trabaja y se construye ciudad en la Costa de Oro.

Desde mi mirada, este tipo de desarrollos funcionan como un espejo adelantado del tiempo. Nos obligan a preguntarnos si estamos preparados para pensar Atlántida no solo como balneario, ni siquiera como ciudad dormitorio, sino como territorio inteligente, con identidad propia, capaz de atraer talento, emprendimientos y nuevas formas de habitar. Esa es, quizás, la mayor virtud del proyecto: instalar la conversación correcta.

El futuro urbano ya no se mide únicamente por metros cuadrados construidos. Se mide por conectividad, por acceso a servicios, por cercanía entre vivienda y trabajo, por calidad del espacio público, por resiliencia ambiental y por sentido de pertenencia. Cuando un proyecto incorpora estas variables desde su concepción —y no como agregado posterior— estamos frente a una señal clara de madurez territorial.

En marketing de ciudades solemos hablar de “narrativas”. Pero ninguna narrativa se sostiene sin coherencia entre discurso y acción. Aquí la visión es clara: una nueva centralidad metropolitana, integrada, flexible, abierta, pensada para convivir con lo existente y no para reemplazarlo. Esa lógica resulta clave para evitar errores del pasado: ciudades fragmentadas, crecimientos desordenados o desarrollos que viven de espaldas a su entorno.

También hay algo que valoro especialmente: el tiempo. Pensar un desarrollo a 20 años implica asumir que la ciudad es un proceso, no un producto terminado. Permite corregir, aprender, adaptar. Y eso, en un mundo cambiante, vale tanto como el capital invertido. La ciudad del futuro no será rígida; será capaz de evolucionar con sus habitantes.

Si este proyecto logra articularse con políticas públicas, infraestructura, movilidad sostenible y formación de capital humano, el impacto puede ser profundo. Miles de empleos, múltiples emprendimientos, nuevas oportunidades para jóvenes y para quienes hoy viajan diariamente hacia Montevideo buscando lo que el territorio todavía no ofrece. El verdadero éxito no será llenar planos, sino llenar de sentido el crecimiento.

Como habitante, como comunicador y como profesional que trabaja con territorios, confieso que este tipo de iniciativas me generan entusiasmo. No ingenuo, sino crítico y atento. Porque pensar el futuro también exige responsabilidad. Pero cuando la iniciativa privada se anima a mirar lejos y a dialogar con la ciudad que ya existe, algo empieza a alinearse.

Atlántida tiene historia, tiene identidad y tiene comunidad. Si suma visión, planificación y decisión, puede convertirse en un caso de referencia en Uruguay. No como ciudad perfecta, sino como ciudad consciente de su tiempo. Y eso, hoy, es mucho decir.

Jacobo Malowany
Marketing de ciudades · Visión territorial

Nombre del proyecto
El Águila

Tipo de desarrollo
Proyecto urbanístico de usos mixtos (vivienda, comercio, servicios, espacios públicos y áreas verdes)

Ubicación
Zona de Atlántida, Costa de Oro, departamento de Canelones
Entre el Fortín de Santa Rosa y el eje de la Ruta Interbalnearia

Superficie total
238 hectáreas

  • 90 hectáreas al sur de la Ruta Interbalnearia (hacia la costa)

  • 148 hectáreas al norte del corredor vial

Plazo de ejecución
Aproximadamente 20 años

Inversión estimada
Hasta US$ 500 millones a lo largo del desarrollo

Impulsores del proyecto
Kopel Sánchez
En asociación con Estudio Luis E. Lecueder

Origen del capital
Grupo inversor mayoritariamente uruguayo (95%)

Conceptos rectores

  • Creación de una nueva centralidad metropolitana

  • Integración con la trama urbana existente

  • Fuerte énfasis en espacio público y calidad de vida

  • Sustentabilidad y planificación de largo plazo

  • Ciudad flexible, pensada para evolucionar en el tiempo

En esta segunda reflexión, el arquitecto Esteban Molet Gurrera vuelve sobre el origen de la vocación, la intuición temprana y el momento en que una imagen, un viaje o un edificio pueden marcar para siempre una decisión de vida. Con una mirada directa y sin concesiones, el autor reflexiona sobre qué significa realmente querer ser arquitecto, la importancia de la formación integral y el equilibrio indispensable entre arte, técnica y responsabilidad profesional.

Siempre he pensado que, en general, es raro que un niño de siete años y medio sepa a tan temprana edad, qué es lo que quiere ser de grande; en ese caso me encuentro yo.

Yo venía de Mora de Ebro, en Tarragona, España, un pueblo modesto; solo había visto principalmente, casas unifamiliares a lo largo y ancho de mi pueblo; además había visto las escuelas, el consultorio médico, las iglesias y los cines.

Al ir por primera vez a una ciudad tan imponente como Madrid, me empezaron a gustar más los grandes edificios que había en aquel mes de febrero del año 1956.

Ahora creo que ya en ese entonces tenía cierta intuición y deseos de hacer casas o edificios grandes, pero al ver en el avión de Madrid a México esa revista maravillosa con la portada de la Sagrada Familia de Antoni Gaudí en Barcelona, me impactaron sus torres esbeltas y llamativas. Cuando la vi, inmediatamente me surgieron deseos de hacer, diseñar y construir obras grandes y hermosas.

Esto viene a cuento por lo siguiente: creo firmemente que quien de verdad quiere ser arquitecto, lo sabe, lo desea y lo anhela; quien tiene dudas desde el principio, no tiene nada que hacer estudiando y, posiblemente, ejerciendo la arquitectura con poca seguridad y con muchas dudas; así le llega el primer año de arquitectura y empiezan los pretextos, pues en el fondo, no sabe lo que quiere y no tiene una vocación verdadera; al final, unos continúan pero, en realidad, no hacen buena arquitectura, proyectan casitas mediocres o edificios comerciales en donde la arquitectura es irrelevante o de plano está ausente; esto es un claro indicador de que no tienen vocación y no saben encaminar sus oportunidades en mejorar sus proyectos, sino al contrario, cada vez se alejan más de la arquitectura y, con el respeto que me merecen todos, creo que la vocación profunda la poseen menos personas, ya que no saben de procesos de diseño, de creatividad, ni tienen idea del diseño estructural.

Ahí va mi crítica a quienes creen que la arquitectura es solo hacer obras bonitas y no toman en cuenta la estructura; las estructuras son un factor muy importante y un arquitecto debe ser un profesional integral, que maneje arte y técnica; no es un diseñador de modas, aunque lo podría ser, ya que algunos diseñadores de ropa fueron antes arquitectos.

Peleo tanto la parte artística como la técnica. La arquitectura diseña espacios funcionales y esos espacios deben estar bien estructurados, con idea de donde irán las columnas, los claros aceptables y todo lo que tiene que ver con las instalaciones hidrosanitarias, eléctricas y especiales, como aire acondicionado, calefacción, sistemas de seguridad, domótica (edificios inteligentes), y la

energía y su optimización, como la energía solar fotovoltaica y los aislamientos de los muros y vidrios contra el frío, el calor, todos factores dignos de ser tomados en cuenta, por lo que no hay que pensar que se diseña un edificio y después se equipa con todo; esto no es posible, debe preverse desde el principio con las medidas de alturas, pasos de ductos, horizontales y verticales, etc.

Todo esto y más, con la coordinación y asesoría de técnicos especializados para cada tipo de edificio, como puede ser en el diseño de un hotel, un hospital, o un teatro, por la acústica y la isóptica; afortunadamente no estamos solos, podemos solicitar la intervención de personas y/o contratistas especializados en cada campo y no hay que tener miedo a no saber de todo; lo que hay que tener en cuenta es que somos arquitectos coordinadores y acomodadores de todo lo que conlleva un edificio inteligente y más.


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