Atentado: teatro en movimiento por la ciudad y nuevas formas de mirar
Lunes, 03 Noviembre 2025 09:38

Atentado: teatro en movimiento por la ciudad y nuevas formas de mirar

Vivimos un tiempo en el que la percepción ya no nace de la observación, sino de la creencia previa. No vemos para creer: vemos lo que creemos. En ese clima, comunicar, educar y narrar exige sensibilidad y responsabilidad. La subjetividad es campo de disputa y, al mismo tiempo, territorio de encuentro posible.

Con esa conciencia asistí a Atentado, la propuesta de la Comedia Nacional dirigida por Florencia Lindner. Más que obra, se trata de una experiencia escénica expandida: una caminata guiada por la ciudad, atravesada por voces, músicas y situaciones que suceden a la vista y fuera de cuadro. El espectador camina, escucha, elabora. Deja de ser espectador para convertirse en parte del dispositivo.

La obra se inspira en Ellas dicen, compilación de pensamiento feminista latinoamericano. No lo ilustra ni lo reduce: lo encarna en el movimiento, en el cuerpo que recorre la ciudad y en la escucha como forma de conocimiento. Cada punto de partida es distinto —ocho en total— y desde cada uno se inicia un recorrido que puede implicar calles, ascensos, escaleras o transporte. Todos concluyen en la Sala Verdi, donde la experiencia se despliega simultáneamente dentro, fuera, arriba y abajo. No todo se ve. Hay que elegir. Y esa elección ya es interpretación.

Para participar, el público debe dirigirse al punto indicado en su entrada y localizar a los referentes con mamelucos azules. Se necesita celular con batería suficiente (aproximadamente hora y media), auriculares y la aplicación WhatsApp. Se recomienda calzado cómodo y tener presente que no se regresa al punto de inicio. Este dispositivo es parte esencial de la obra: escuchar mientras se camina, mientras la ciudad respira alrededor.

En la llegada a Sala Verdi, antes de ingresar a lo que podría llamarse tercer acto —aunque la obra no se deja dividir tan fácilmente— hay una escena que merece una atención particular. A un lado de la entrada, sentada a una pequeña mesa, se encuentra Nicole Viera, actriz ciega, en el rol de tiradora de cartas. No hay anuncio ni subrayado. Su presencia propone otra forma de ver: la escucha como herramienta de lectura del otro. Nicole no interpreta para impresionar. Sostiene un espacio de intimidad mínima donde el relato de quien se sienta frente a ella se amplifica en la propia voz. Lo que sucede en esa mesa breve es un delicado acto de reconocimiento mutuo.

Lo que sucede en Atentado no busca la espectacularidad del efecto, sino la construcción de un diálogo silencioso entre cuerpos que comparten un territorio. La música no acompaña: conduce. El baile no adorna: convoca. Hay momentos donde la participación deja de ser un gesto sugerido y se vuelve casi inevitable. Imperdible el foro que se arma entre público y actores. No saber si es real o actuado es otro punto fuerte de la obra. 

Lindner articula la puesta con una sensibilidad que rehúye lo obvio. Su trabajo —como en Territorio deseo y País Clandestino— se mueve entre investigación, afectividad y una pregunta constante por las formas de estar juntxs. Aquí, la ciudad no se usa: se habita. La memoria no se cita: se respira.

Atentado no pretende dar una respuesta única sobre el feminismo latinoamericano. No busca asumir una voz totalizadora. En cambio, establece una conversación. Y como toda conversación que importa, lo significativo no se agota en la primera vez. Hay capas que quedan pendientes, elementos que se escapan, gestos que uno quisiera volver a ver para comprender mejor. Termina y queda la sensación de haber participado de algo vivo, que continuará aunque no lo estemos mirando.

Quizá por eso el deseo de volver no se siente como repetición, sino como una segunda lectura necesaria.

En un tiempo donde lo inmediato empuja a la simplificación y a la consigna, Atentado plantea otra cosa: la experiencia como forma de pensamiento. La presencia como política. El caminar como lectura de la ciudad y de uno mismo.

Un teatro que no se mira desde la butaca, sino que se respira. Y que, justamente por eso, permanece.

La inclusión, en este caso, aparece sin consigna y sin énfasis programático: se vuelve práctica. Sin embargo, el dispositivo de audio por WhatsApp, tan ingenioso en su concepción, limita la experiencia para personas con dificultades auditivas. La obra abre la ciudad, pero aún queda pendiente abrir todos los sentidos posibles: intérpretes o alternativas accesibles permitirían que la experiencia compartida realmente lo sea. La puesta convoca al estar juntxs; sería coherente que esa invitación también contemple la diversidad de formas de percibir.

Otro acierto es la integración de estudiantes del Instituto de Actuación de Montevideo. No aparecen como acompañantes secundarios, sino como cuerpos en formación que habitan la escena sin jerarquías rígidas. La obra se vuelve también escuela de presencia, transmisión viva, campo de práctica sensible.

Lo que ocurre en Atentado no busca efectos inmediatos. Su fuerza está en la circulación entre quienes caminan juntos, en la coincidencia de pasos que no se repite igual para nadie. La ciudad deja de ser fondo y se convierte en materia. La memoria deja de ser pasado y se vuelve superficie en movimiento.

Lindner, cuyo trabajo investiga formas de convivencia, cuerpo y territorio, compone una puesta que rehúye lo explicativo. No se trata de definir un feminismo, sino de abrir la pregunta. La obra no concluye en la sala: continúa en la conversación posterior, en el silencio que queda, en la necesidad de volver para ver lo que no se vio.

En una época que tiende a reducir, Atentado expande. Invita a pensar desde el cuerpo. A escuchar la ciudad. A entender que mirar también puede ser un acto colectivo.

Un teatro que no se contempla a distancia. Se camina. Se habita. Y permanece. 

Crónica de Jacobo Malowany