La tarde cae despacio en Atlántida. Es domingo, y hay un rumor suave en el aire, mezcla de mar cercano y buen almuerzo. Afuera, en la vereda, Tito López termina de alinear unas baldosas flojas. Se agacha, acomoda, se levanta, da un paso atrás y observa con la mirada de quien cuida lo suyo. Su camisa tiene olor a cocina, pero también a barrio, a música, a proyecto en marcha.
Dentro de Quitapenas, todo está en sintonía. El comedor vibra bajo una música sin interrupciones, suave pero presente, que sale de un televisor discretamente ubicado. Las pastas caseras dejaron sus rastros de salsa sobre platos vacíos. Los tragos de autor, con sus colores intensos, arrancaron más de una sonrisa. El pan llega calentito, recién salido del horno, y el servicio fluye con la amabilidad justa: atenta, sin invadir.
Tito entra, revisa una mesa, bromea con un cliente, pasa por la barra y, en el camino, ya está pensando en lo que viene: un nuevo emprendimiento con música para mayores, pensado para los que buscan una experiencia más íntima y cercana. Porque si algo sabe, es que cada etapa de la vida tiene su ritmo, y cada lugar su esencia.
Casado hace treintay ocho años con Andrea y padre de Francesco, un adolescente que ya observa con curiosidad lo que su padre hace, Tito lleva un nombre cargado de historia.

“Mi padre se llamaba Alberto y le decianTito. Yo fui el primer hijo de su segundo matrimonio. Él se casó de nuevo a los 73 años, y como la familia anterior no lo aceptaba, me puso su apodo "Tito" como forma de decirle al mundo: ‘pude volver a empezar’. Después vinieron dos hermanas más, una cuando él tenía 74 y otra a los 79. Yo soy ese recordatorio viviente de que nunca es tarde para rehacer la vida.”
Con ese espíritu —el de los que no se rinden— Tito levantó cada uno de sus proyectos. Y hoy, sentado en una mesa de su restaurante, copa en mano y una sonrisa tranquila, comparte una historia que no solo habla de gastronomía. Habla de empezar desde abajo, de aprender con las manos, de apoyar a los jóvenes, de equivocarse, de reinventarse. Y sobre todo, de vivir con sentido.
“El campo fue mi escuela. Pero el fracaso fue mi maestro.”
— Tito, ¿cuándo empezó tu vínculo con el trabajo?
De muy chico, en el campo. Plantaba maíz, papa, hortalizas. Criaba ganado lechero. Vendía piezas de cría. Desde los 16 hasta los 26, 27 años estuve ahí. Pero me fundí.
— ¿Y qué hiciste entonces?
A buscarse la vida. Pinté casas, fui camionero, hice electricidad. Sobrevivir, aprender, agarrar experiencia. A los 30 empecé de cero. Y ahí entendí que no sabía tanto como creía.de
“Aprendí desde abajo. Fui bachero, mozo, cocinero.”
— ¿Cuándo aparece la gastronomía?
Montó un pequeño almacén en Salinas: La Pescadería. Aprendió a tratar con la gente, a vender, a observar los gestos y necesidades del otro. Eso le enseñó un nuevo tipo de relación: la del servicio. Y así, casi sin buscarlo, entró al mundo de la gastronomía.
Vos viviste lo que muchos no saben: que La Petrolera fue semillero del rock nacional. ¿Qué recordás de eso?
Mucho. En La Petrolera tocaron bandas que hoy son los nombres más importantes del rock en América Latina. No Te Va Gustar, La Vela Puerca, Buitres, Trotsky Vengarán, La Trampa… todos pasaron por ahí cuando recién arrancaban. Nosotros les dimos escenario, micrófono, público. Y ellos nos dieron historia. Eso no lo borra nadie.
— ¿Se llenaba?
Sí. Después hicimos un segundo piso, un tercer sector. Y la gente venía. No era solo un boliche. Era un lugar de encuentro.
— ¿Y qué pasó después?
La pandemia. Ahí se cortó todo. Pero también me empujó a cambiar.
“Así nació Quitapenas. Para que la gente venga a olvidarse de lo que pesa.”
— ¿Y cómo nació Quitapenas?
En las Cataratas del Iguazú, del lado argentino. Vi dos boliches: Quitapena y Cuba Libre. Me quedó eso. Dije: si algún día tengo un restaurante, le pongo Quitapenas. Porque la gente necesita un lugar donde se afloje la carga.
— ¿Qué tiene de especial este lugar?
Es más íntimo. Luz baja, música suave, tragos de autor, comida pensada. No es solo venir a comer. Es venir a sentirse bien. A soltar.
“A los jóvenes les digo: no arranquen de arriba. La gastronomía se aprende trabajando.”
— Hoy sos referente del sector, ¿qué les decís a los que quieren empezar?
Que empiecen como bachero, mozo, ayudante de cocina. Que escuchen, que se equivoquen. Que no se crean que abrir un local es hacer plata fácil. Hay mucho que no se ve: proveedores, licencias, pérdidas, costos, clientes difíciles.
— ¿Y con la UTU tenés un vínculo?
Sí. Doné un freezer a los chiquilines de gastronomía de la UTU de Soca. Es importante apoyarlos. A veces tienen todo menos una herramienta. Hay que darles oportunidades. Como a mí me las dieron.
— ¿Sentís que tu experiencia puede inspirar?
No sé si inspirar, pero mostrar que se puede volver a empezar, incluso después de caer. Y que trabajar desde abajo no es una vergüenza. Es una inversión.
“No vendemos comida. Damos momentos felices.”
— ¿Qué te emociona hoy?
Cuando alguien me dice “gracias por la noche que pasé”. O cuando veo a un gurí de UTU que arranca con miedo y termina sirviendo como un profesional. Eso vale más que mil likes.
— ¿Cómo te gustaría que te recuerden?
Como alguien que no se rindió. Que puso el alma. Que ayudó a otros a encontrar su camino. Que hizo de cada lugar que abrió, una especie de refugio.
— ¿Y qué es para vos Quitapenas?
Es eso. Un refugio. Para los que vienen con la mochila cargada. Para los que necesitan reír. Comer rico. Sentirse bien. Un lugar que te dice, sin palabras: dejá las penas en la puerta.
— Cerramos con esto: si tuvieras que brindar por algo… ¿por qué brindarías?
Por haber podido elegir un camino con sentido. Por los que creyeron en mí. Por los que vienen detrás.
Y por mi padre, que me enseñó que uno puede volver a empezar a los 30... o incluso a los 73.
