Invertir en inteligencia artificial en Uruguay: productividad, economía en K y el desafío de la transición
Domingo, 04 Enero 2026 10:07

Invertir en inteligencia artificial en Uruguay: productividad, economía en K y el desafío de la transición

La inteligencia artificial ya transformó la productividad en 2025, pero también expuso desigualdades. 

Invertir en inteligencia artificial dejó de ser una discusión futurista para transformarse, en 2025, en una experiencia concreta y cotidiana. En lo personal —y en lo profesional— el cambio resulta evidente: mejor información, mayor capacidad de análisis, decisiones más rápidas y un aumento claro de la productividad en la inmediatez. Mis cursos ya no tratan sobre “qué es la IA”, sino sobre cómo potenciar su uso real, cómo integrarla a procesos diarios y cómo evitar errores que terminan generando frustración o dependencia tecnológica sin criterio.

En Uruguay, invertir en IA no significa únicamente adquirir software o licencias. Significa invertir en capacidades, en fuentes confiables, en formación continua y en rediseño de procesos. La tecnología, por sí sola, no genera valor si no existe una estructura humana y organizacional capaz de interpretarla, controlarla y utilizarla con sentido estratégico.

La economía en K: el riesgo estructural de esta revolución

Uno de los conceptos clave para entender el impacto de la inteligencia artificial es el de economía en K. Este modelo describe una bifurcación: mientras algunos sectores, empresas y trabajadores mejoran su productividad, ingresos y competitividad, otros quedan estancados o retroceden. La IA tiene un enorme potencial para amplificar esa brecha.

Los expertos coinciden en que la IA no afecta a todos por igual. Beneficia especialmente a quienes ya cuentan con capital humano, formación, acceso a datos y capacidad de adaptación. En cambio, quienes realizan tareas repetitivas, manuales o administrativas sin reconversión previa quedan más expuestos.

El Fondo Monetario Internacional advierte que la automatización y la IA pueden disparar desigualdades si no existen políticas de transición laboral, capacitación y protección social. El riesgo no está en la tecnología, sino en cómo se implementa.

El caso del Puerto de Montevideo: la K aplicada al mundo real

El conflicto reciente en el Puerto de Montevideo, donde la implementación de un software de gestión generó tensiones entre una empresa operadora y los trabajadores, constituye un ejemplo local, concreto y pedagógico de economía en K.

El sistema informático buscaba mejorar eficiencia, trazabilidad, control de turnos y organización logística. Desde el punto de vista empresarial y operativo, la inversión tenía lógica: menos errores, más previsibilidad, mayor competitividad regional. Sin embargo, para parte de los trabajadores y sus sindicatos, el cambio se percibió como una amenaza directa a puestos de trabajo tradicionales.

Aquí aparece con claridad la K:

  • Sube la curva de eficiencia, control y rentabilidad.

  • Baja o se tensiona la curva del empleo que no tuvo tiempo ni herramientas para reconvertirse.

Los sindicatos no rechazaron la tecnología en sí, sino el riesgo de quedar del lado descendente de la K, sin garantías de capacitación, reubicación o nuevos roles. El conflicto no fue tecnológico: fue de transición, de tiempos y de diálogo. El puerto mostró lo que puede ocurrir cuando la innovación avanza más rápido que los acuerdos sociales.

Productividad: estimaciones, escenarios y cautela

El impacto de la IA sobre la productividad sigue siendo objeto de debate, pero nadie sostiene que sea nulo. El premio Nobel de Economía Daron Acemoglu estima que la productividad podría aumentar una décima anual durante una década gracias a la adopción generalizada de la IA. Capital Economics eleva esa cifra a 1,5 puntos porcentuales anuales, mientras que McKinsey plantea escenarios de hasta 3,5 puntos por año si la transformación se acompaña de rediseño organizacional.

El FMI, por su parte, sostiene que el PIB potencial global podría crecer hasta cuatro décimas adicionales en la próxima década si la automatización y la innovación impulsan la productividad de forma amplia. Son proyecciones de mediano y largo plazo, pero todas coinciden en un punto: la IA redefine estructuras económicas.

Inversión global y concentración del crecimiento

Desde 2023, los gigantes tecnológicos duplicaron su inversión en inteligencia artificial hasta alcanzar los 400.000 millones de dólares, impulsados por semiconductores avanzados, centros de datos, servicios en la nube, redes, energía y sistemas de refrigeración. Las proyecciones indican que esa inversión podría rondar los 530.000 millones de dólares en 2026.

Según Fitch Ratings, la inversión tecnológica explicó cerca del 90% del crecimiento del PIB de Estados Unidos en el primer semestre de 2025. Este dato refuerza una idea central: la IA no solo transforma empresas, domina el crecimiento económico, pero lo hace de manera altamente concentrada.

Filosofía, poder y gobernanza

Desde la filosofía contemporánea, Luciano Floridi advierte que la IA requiere marcos sólidos de gobernanza para no erosionar valores democráticos y sociales. Yuval Noah Harari alerta sobre el riesgo de delegar decisiones críticas a sistemas que no siempre comprendemos, generando nuevas asimetrías de poder.

Desde el mundo empresarial, líderes tecnológicos insisten en la noción de “permiso social”: la innovación necesita aceptación, reglas claras y legitimidad para sostenerse en el tiempo. Sin ese equilibrio, el rechazo social se vuelve inevitable.

Uruguay 2026: la clave está en cómo se implementa

Para los pequeños y medianos comercios uruguayos, la discusión no pasa por competir con los gigantes tecnológicos, sino por usar la IA para decidir mejor, vender mejor, organizar mejor y ganar tiempo. La diferencia entre quedar arriba o abajo en la K no depende del tamaño de la empresa, sino de la capacidad de adaptación.

La lección del puerto es clara y extrapolable:

La IA no se discute cuando llega.
Se discute antes, con formación, transición y acuerdos.

Invertir en inteligencia artificial, en Uruguay, ya no es una opción futurista. Es una decisión estratégica que define productividad, competitividad y cohesión social en los próximos años.

La inteligencia artificial no define el futuro por sí sola.
Lo define cómo, cuándo y para quiénes se implementa.

Uruguay tiene una oportunidad real en 2026: usar la IA para mejorar productividad, ordenar decisiones y fortalecer a pequeñas y medianas empresas. Pero también enfrenta un riesgo claro: que la falta de transición, formación y acuerdos empuje aparte de la sociedad al lado descendente de la economía en K.

La tecnología no elimina el trabajo.
Elimina formas de trabajo que no se transforman.

La pregunta ya no es si la inteligencia artificial llegó.
La pregunta es si estamos dispuestos a incorporarla con criterio, humanidad y responsabilidad, antes de que decida por nosotros.

Y vos, en tu jornada diaria… ¿ya usás inteligencia artificial para trabajar mejor o todavía no forma parte de tus decisiones?

Jacobo Malowany


Fuentes

  • Fondo Monetario Internacional (FMI)

  • Daron Acemoglu – Premio Nobel de Economía

  • Capital Economics

  • McKinsey Global Institute

  • Fitch Ratings

  • Oxford Economics

  • Luciano Floridi

  • Yuval Noah Harari