Mis nietos no vivirán el mismo mundo que yo conocí
Martes, 23 Junio 2026 23:23

Mis nietos no vivirán el mismo mundo que yo conocí

Mientras espero una cirugía que me recuerda que el tiempo no es infinito, observo el Mundial y me sucede algo extraño: cada vez me interesa menos el resultado de los partidos y más el destino de los países que representan.

Detrás de cada camiseta veo décadas de decisiones económicas, educativas y tecnológicas. Veo naciones que avanzan y otras que se estancan. Veo sociedades que generan prosperidad y otras donde la incertidumbre se ha vuelto una forma de vida.

Y no puedo evitar preguntarme qué lugar ocupará Uruguay en ese nuevo mapa del mundo que se está dibujando delante de nuestros ojos.

Hace cincuenta años, el sueño parecía sencillo. Estudiar, trabajar, formar una familia, comprar una casa, tener un automóvil y aspirar a una jubilación razonable. No era fácil, pero parecía posible.

Hoy no estoy seguro de que mis nietos puedan hacer el mismo recorrido.

Vivimos el final de una época.

La globalización nos trajo productos más baratos, más tecnología y una conexión inédita entre los pueblos. También permitió que millones de personas salieran de la pobreza. Pero al mismo tiempo generó una competencia feroz que puso en jaque empleos, industrias y certezas que parecían inamovibles.

Ahora llega una segunda ola todavía más poderosa: la inteligencia artificial.

Y por primera vez no amenaza solamente a quienes realizan tareas manuales. Amenaza a periodistas, diseñadores, administrativos, abogados, programadores, consultores y profesionales que durante años creyeron haber encontrado refugio en el conocimiento.

Lo más curioso es que la inteligencia artificial está produciendo una nueva uniformidad global.

Las imágenes se parecen.

Los textos se parecen.

Las campañas se parecen.

Las ideas se parecen.

A veces tengo la sensación de que conversamos cada vez más y pensamos cada vez menos.

Nos prometen prosperidad instantánea. Nos venden fórmulas mágicas para ganar dinero. Nos ofrecen éxito en treinta días, libertad financiera en noventa y riqueza sin esfuerzo. Nunca hubo tantos vendedores de sueños y, paradójicamente, nunca escuché tanta incertidumbre sobre el futuro.

En Uruguay seguimos discutiendo sobre competitividad, impuestos, Temu, salarios y costos de producción. Son debates necesarios. Pero sospecho que la verdadera discusión es otra.

¿Cómo vamos a construir una sociedad donde el trabajo cambia más rápido que la educación?

¿Cómo sostendremos los sistemas de seguridad social si cada vez menos personas tienen trayectorias laborales previsibles?

¿Cómo accederán los jóvenes a una vivienda cuando la estabilidad laboral deja de ser una garantía?

No tengo todas las respuestas.

Pero sí tengo una preocupación.

Quizás seamos la última generación que creció creyendo que viviría mejor que sus padres y la primera que duda seriamente de que sus hijos y nietos puedan decir lo mismo.

Por eso quiero preguntarles a los lectores:

¿Creen que los jóvenes de hoy vivirán mejor que nosotros?

¿Podrán comprar una casa?

¿Tendrán jubilación?

¿O estamos entrando en una nueva era donde la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para construir certezas?

Me interesa leerlos.

Porque tal vez el futuro ya llegó y todavía no terminamos de entenderlo.